Tiene que ser terrible, es terrible, haber nacido con todas las cartas
para triunfar, ser felices en gran medida y terminar viendo rotas y
hasta destruidas sus vidas. Les ha pasado a muchas mujeres. Les pasó de
manera inmisericorde y brutal a Zenobia Camprubí y Alma Mahler, la
primera, la que fuera esposa de Juan Ramón Jiménez, culta, inteligente,
generosa, activa, desenvuelta, alegre, de una enorme y fina
sensibilidad; la segunda, una de las mujeres más hermosas de su época,
culta, brillante, original, pianista, compositora y de gran talento.
Ambas vieron truncadas sus vidas por haberse comprometido, la primera
con un ególatra hasta el delirio, enfermizo, misántropo, reseco y
amargo, un hombre a menudo cruel y mezquino, según las notas que voy
tomando de las biografías que han escrito Rosa Montero y Manuel Vicent,
quienes han sabido romper la leyenda rosa de un matrimonio ejemplar y
feliz que nos hicieron ver, hasta el punto de que el matrimonio vivía de
las rentas y empleos de ella, puesto que los ingresos del poeta insigne
eran escasos, y Zenobia en sus diarios se lamentará con amargura de la
incapacidad de su marido para mantener una casa, él se dedicaba a pulir y
perfeccionar su poesía pura, su “Obra Completa y Perfecta” que le
inmortalizaría, aunque fuera a costa de lograr la destrucción, a dúo, de
Zenobia Camprubí, y digo a dúo porque ella terminó entendiendo que su
mayor y excelso objetivo de su vida era cooperar para la mayor gloria y
grandeza de su marido, Juan Ramón Jiménez, que el sí que era el sol
radiante que debía brillar más que nadie en el firmamento de la más alta
poesía. Y desde luego logró brillar, no cabe la menor duda, como gran
poeta. Así la traductora de la obra del poeta Rabindranath Tagore se
iría consumiendo en una relación de total sumisión al poeta andaluz.
Viven en un modesto cuarto de hotel en el que “el sirviente, escribe en
sus diarios, solo puede entrar una vez cada tres días y me parece como
si viviera en una pocilga. Juan Ramón no soporta ningún ruido, lo cual
es perfectamente comprensible. Me puse nerviosa encerrada en el baño
mientras Juan Ramón dormitaba, pues el día estaba bellísimo”. Cuando le
conceden el premio Nobel de Literatura, Zenobia ya no podía hablar,
susurró una canción de cuna y murió dos días después. Juan Ramón
enloqueció de pena, tuvo que ser internado, no volvió a escribir más y
falleció año y medio más tarde.
La vida de Alma Mahler es similar,
pudo rehacer su vida después de vivir con Gustav Mahler y conocer, al
menos, otros amores, pero el compositor vienés la anuló de por vida.
Ella tenía 21 años y él le doblaba la edad cuando se casaron. Él no
soportaba que nadie le hiciera sombra y además su mujer debía estar a su
servicio: “Tú no debes tener más que una sola profesión: la de hacerme
feliz”. Alma sacrificó su carrera: “Mí único deseo es hacerlo feliz,
¡se lo merece!”. Estaba hechizada y convencida, y dejó la música.
Enseguida se quejará del egocentrismo de su marido. Él y solo él. Y
enferma y alterna con un amante y Mahler muere muy pronto, a los diez
años de casados, era tarde para rehacer su vida de compositora y
abandona la música para siempre. La mala suerte se apoderó de ella. Se
casó otras dos veces y de los tres hijos que tuvo con los tres maridos
se le murieron los tres muy pronto: una niña murió de difteria a los
cinco años tras hacerle una traqueotomía de urgencia sin anestesia; un
bebé con encefalitis; y el joven Manon que murió a los 16 años tras una
agonía que duró todo un año. Alma murió a los 85 años en Nueva York y
nos dejó estas perlas en su diario: “Con harta frecuencia el matrimonio
desplaza en la mujer su propio yo de un modo extraño... Con garras de
acero voy haciendo mi nido robado... cada genio no es para mí más que la
paja que me hace falta... un poco de botín para mi nido... He tenido
una vida hermosa... Cualquier persona puede hacerlo todo, pero tiene que
estar también dispuesta a todo”. Tenían todas las cartas para ser, y
ser felices, y la vida se les truncó por ellos. Ay.
https://youtu.be/VdRhm6xFVaA Schirmer - Clara Schumann - Piano Concerto in A Minor, Op. 7.
https://youtu.be/yJFcJOFwtE4 Clara Schumann: Three romances for violin and piano Op 22
La pianista y compositora Clara Schumann renunció a su carrera para
favorecer la de su marido, Robert Schumann. Cuantas más veces escuches
estos conciertos más te gustarán.


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