viernes, 14 de agosto de 2020

“PEDÍ QUE FUERAS UN DIOS”

 

Cuando pedimos lo imposible... Todos les hicimos dioses o pedimos que lo fueran. Me refiero a los padres. Le sucede a la protagonista de un poema espléndido de Yolanda Izard Anaya, del poemario que ha recibido el Premio Internacional de poesía Miguel Hernández, “Lumbre y ceniza”:
Así comienza: “Pedí que fueras un dios”, habla de su padre, yo mismo lo he dicho más de una vez, mejor dicho, no lo pedí, porque tenía casi la certeza de que era un dios, y no lo era, claro está, como en el poema de Yolanda, hasta que ellos y todos nosotros un buen día caemos del caballo y vemos la luz, nos tropezamos con la dura y hermosa realidad, y a los padres, amigos y demás familia los colocamos donde debemos colocarlos, para qué subirlos a las nubes y a los altos cielos, que no es lo suyo, ni ahora ni acaso después, porque quién sabe, basta con dar a cada día su afán, y a cada uno ponerlo en su sitio que es donde está mejor.
“Ahora que sé que nunca fuiste un dios,
te llevo de la mano como a un niño perdido,
recojo ese llanto que nunca te permitiste
y paso mis manos arrugadas por tu cabeza,
y trato de aliviarte.
Siento hacia ti la ternura de madre”.
Mejor así, puestas las cosas en su sitio: un respeto a las palabras y no usarlas con desmesura, dar al genio lo que es del genio y al momento “espectacular” su momento excepcional sin malgastar los adjetivos, y al maestro regalarle ese preciado nombre cuando se lo merece o está rayando el nivel de la excelencia. Es mejor dejar a mis padres, y tú a los tuyos, en su sitio, en medio de sus sombras y sus luces, nada de dioses, mejor como niños pequeños, en esa imagen impagable de Yolanda Izar, quién no se ha perdido alguna vez, hay quien no acaba de encontrarse cuando peina muchas canas, y quien está necesitado de alivio, una mano cariñosa y un corazón lleno de ternura y paciencia para sus muchos días de agobio, noches grises y oscuras y los nervios por las nubes, por no hablar de su soledad que, a veces, bordea el infinito. ¡Ay, cuando miran al infinito y no ven nada, ni siquiera al que está a su lado y no lo reconocen!
“Siento hacia ti la ternura de madre
que lo perdona todo porque lo sabe todo,
porque mira dentro del corazón secreto de sus hijos
y descifra todos sus enigmas
con la delicadeza de su amor luminoso”.
De nuevo se repite el verso inicial en esta nueva estrofa. De nuevo el sentimiento de la ternura de la madre. La poeta termina al final dándonos la clave, su porqué. Una vez más esta se halla en las mujeres, más aún, en las madres, que desde su silencio, o quizá precisamente porque siempre han sabido callar y su escuela está hecha de lúcidos silencios, lo perdonan todo porque lo saben todo sin ir de listas y pedantes por la vida, pues saben ser, estar y existir y mirar al fondo del corazón, a los ojos de sus hijos y a los hechos desde antes de producirse, y desde esa luz descifran todos los enigmas que nunca se descubren ni de lejos ni desde las alturas, sino a flor de piel y a ras de tierra. Algo tendrán que ver los nueve meses de embarazo. Saben soñar y saben a la perfección pisar tierra. Saben perdonar y dar alas y llenar de calor el frío de un mundo destemplado.
Gracias, Yolanda, por tanto en tanta brevedad y concisión.
https://youtu.be/w7F7oYD1q90 Serrat – Pare.

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