En los meses de confinamiento escribí un diario, día tras día, sin faltar a la cita, que titulé DIARIO DE UNA PANDEMIA, del que copio aquí una idea de aquel tiempo hablando de la mascarilla, quizá al cumplir el año lo revele. Eran los primeros días tras el confinamiento:
Noto miedo en la gente, ojo, y como yo soy gente, me noto miedo cuando paseo por la calle en la hora reglamentaria que me ha tocado en suerte. Advierto que se alejan y me miran sin mirarme, de refilón y de lado, y hacen lo mismo que yo, ¿temerán que puedo ser enemigo declarado?, pero al advertir el latido de mi sangre y sacar los demonios de mis miedos ancestrales, los miro sin prestar atención siquiera, para ver quiénes son y lo que puede pasar por sus cabezas y su corazón, y si llevan miedo en el cuerpo, que seguro que lo llevan, intentar un adiós cariñoso y cercano que les sirva de consuelo y bálsamo. Y seguimos como cantos rodados del camino. Es cierto que con ese comportamiento somos responsables guardando la distancia, pero algo se me queda en la trastienda como desajuste de ciudadanos confinados y errantes. Que vaya quedando claro que el miedo era al virus no al vecino de enfrente... Llevábamos mascarillas.
Entonces nadie pensaba que esto de llevar la mascarilla iba a ir para largo, y parece que sí. Así que, si queremos ser mínimamente inteligentes, habrá que hacerse a la idea y armarse de valor y de buen acopio de paciencia y de humor. Ha venido para quedarse por un tiempo que nadie sabe cuánto, esta es la verdad. Quiere decir que está ahí para hacernos compañía como cualquier prenda que llevamos con nosotros cuando vamos por la calle y entramos en tiendas, bares y demás establecimientos públicos o privados.
Advierto ahora que el miedo al otro ya no aparece en la mirada. Y con la mascarilla, que ahora llevamos todos orgullosos de saber que llevándola, y bien puesta, nos estamos defendiendo y, a la vez, evitando contagiar a los otros que con nosotros van y vienen de nuestros amores a algunos desengaños. Y en los adioses y saludos mañaneros notas una luz sonriente en la mirada que se agradece. Educar esa mirada para que ella protagonice todas las expresiones del rostro, principalmente la sonrisa y el gesto de toda la cara, propio de la buena gente nada distante y más bien cálida, será la primera lección a aprender. Hasta un te quiero, hasta un qué bueno ser tu amigo...
Debemos igualmente comenzar a verla como amiga inseparable, como las gafas, la camisa y los zapatos, a quien se quiere y aprecia, porque nos defiende de posibles contagios y constituye un muro de defensa para los demás. Y en el caso de que se nos olvide, dejemos de llamarla “puta”, porque de puta, nada, sino buena amiga y magnífica defensora de todos. Y esperar, más pronto que tarde, que quede bien guardada en el baúl o en cualquiera de los armarios de ropa, a buen recaudo, para que silenciada, de vez en cuando nos recuerde de dónde venimos y lo que nos sucedió como un mal tsunami de infeliz memoria allá en el pasado.
Nota no tan al margen: La manifestación de pasado domingo de un grupo contra las mascarillas no creo que se pueda calificar de otra forma que de una estupidez sideral, con todos los respetos a los que se manifestaron. Que el peso de la ley caiga sobre ellos, sin complacencia. Es un atentado contra la salud de todos. Nada baladí. Más bien vergonzoso.
https://youtu.be/ijIfPabCBoI Pablo Milanés - El Breve Espacio en Que No Estás. https://youtu.be/qAo9Ibrd3jg Katie James - El Breve Espacio en que no estás de Pablo Milanés. Dos versiones de la misma canción que dejan muy buen sabor de boca.


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