Todo el mundo, como la escritora italiana Natalia Ginzburg, tiene un “léxico familiar”. Yo, por eso mismo, hago mías las palabras de Elena Medel, poeta española, cuando dice: “Yo, Elena, nací con otro nombre y en otros años y en otra lengua, y en cambio todos los recuerdos que Natalia evoca en “Léxico familiar” se corresponden con los míos”.
Había veces que el sermón del cura de los domingos y fiestas de guardar se repetía en casa, en síntesis, con lo que correspondía a las andanzas poco morales de la juventud y las malas compañías, contra lo que arremetía con frecuencia. “Qué razón tiene el cura”, solía decir mi abuela.
El pregón del alguacil era muy comentado y las imitaciones que hacíamos todos los hermanos con su sonsonete particular eran buena ocasión para la chanza y las risas contagiosas: “Por orden del Sr. Alcalde, se ha de saber...”, y ahí venían las risas.
Los consejos de los padres resbalaban en exceso, pero como caían en tierra mullida, dieron fruto y ya de mayores se recuerdan con veneración y agradecimiento. No, no cayeron en tierra baldía y en saco roto.
“En la vida no todo es oro lo que reluce”, “ni por mucho madrugar, amanece más temprano”, “es bueno dejar hablar a los que más saben”, decía con frecuencia mi madre. Y mi padre, al comienzo de cada curso, siempre repetía la misma frase, con una sonrisa de por medio: “El ave a volar y el hombre a trabajar”. Y creo que ambos: “Lo que hay que hacer, cuanto antes mejor”, y “mejor pasar desapercibido, que destacar”, que los definía como hombre de su trabajo y mujer humilde de su casa, nada altaneros y engreídos.
Creo que mi madre me riñó una sola vez, mi padre, nunca, en mi casa no se usaba el castigo, ni siquiera los azotes, y fue un domingo que me metí en la fila, para no ser menos, e ir a comulgar como todos y “pasar desapercibido”, poco después de hacer la primer comunión, y al verme mi madre me hizo señas de que no fuera porque había desayunado, y se sabía, que había que estar en ayunas desde la 12 “de la noche antecedente”, se decía, no le hice caso y comulgué como todos. Al llegar a casa me regañó: “¿No sabes que no se puede comulgar si no se está en ayunas? Ya puedes ir a confesarte y se lo dices al cura”. Nada más, poca cosa. Y la única vez. En algunas casas de mis amigos había unas correas colgadas en la pared de la cocina, que se utilizaban para castigar y pegar a los hijos. En mi casa eso no existía: Aprendimos en casa trabalenguas como aquel que dice: “El Arzobispo de Constantinopla se quiere desconstantinopolizar.
Aquel que lo desconstantinopolizare, un buen desconstantinopolizador será”. Que como ves se las trae, y era común en muchas casas. “Y abrígate bien y no cojas frío”. “Ya lo sabes: tisis o tuberculosis, catarro mal curado”, que a mí me espantaba un tanto. Y “por San Blas la cigüeña verás, y ni no la vieres, año de bienes”, que se repetía todos los años, sin fallar. Y “este año no se puede estrenar nada en la fiesta, que ha sido mala cosecha”. No se podía ni rechistar.
Mi léxico era este, el tuyo, tú sabrás.
Y como se me ha ocurrido volviendo a leer “Léxico familiar” de gran escritora. Natalia Ginzburg, lo recomiendo vivamente.
https://youtu.be/HFodMA7VjFA?si=c8IEAMBfQJjlOuST Luna Sul Mare™ (Concerto) Single - Anima Clara | Original Italian Music
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