Nos regala “La Gaceta de Castilla y León”, un periódico mensual que dirige con entusiasmo, mucho trabajo y no poca lucidez, su directora, Esther Duque, a mi amiga María Jesús Prieto y a mí, la última página en la que llevamos escribiendo bastantes años. Yo, como siempre, lo primero que leo es el breve artículo de Chus y el editorial de la directora.
Este mes, me he detenido largo rato en el artículo que viene al lado del mío, porque habla de un tema muy querido para mí: las manos, en el que, como siempre, parte de una cita que analiza, mi vecina de página y gran amiga. Esta es la cita:
“Se me han puesto las manos marrones, marrones y arrugadísimas, sobre todo si me pongo las gafas, y tengo un pellejito súper maleable móvil que, con la mano extendida en la mesa, muevo con un dedo la otra, apretando el envés, y se desplaza con gran independencia de la propia mano. Chocante. Digan lo que digan hace precioso”. Elena Blanco
El análisis-comentario de Chus es formidable, solo acudo a su invitación final: “Nuestras propias manos, ¿cuántas cosas han hecho por nosotros/as? Han trabajado, cuidado, escrito, abrazado y sostenido momentos felices y difíciles. Cultivar esa pequeña ternura cotidiana hacia nuestro cuerpo no detendrá el tiempo, pero puede ayudarnos a vivir con mayor serenidad y orgullo”. Bueno, ¿verdad?
Siempre se me hacía duro aquello de “la arruga es bella”, hasta que, ya muy mayor, mi madre, hizo detenerme en sus arrugas de rostro y manos hasta que me dije: sus arrugas son bellas, pero sobre todo son algo más importante: entrañables, y todo un monumento a la ternura.
Las otras de bebé las he traído aquí como contraste para intuir su futuro que es lo que domina en ellas, mientras que en las de las arrugas es el pasado, todo historia y mucha vida concentrada y vivida, que merecen el mayor de los respetos el mejor de los cuidados.
Las manos hechas de hendiduras y promontorios reclaman eso: ternura y cuidados, y tienen por delante un largo viaje hacia atrás, dando marcha a la memoria para dar con todo aquello que se ha ido haciendo a fuego lento, descansando en lo que mereció la pena.
A las manos del bebé, que acaban de estrenar la primera estación, les queda todo por inaugurar y tratar de celebrar los grandes momentos en su largo viaje.
Manos, manos, manos, siempre para abrazar, sin olvidar en el abrazo la caricia por la piel siempre necesitada de dulzura y de calidez. Y manos para limpiar heridas y curarlas con salivilla de estrellas y un buen corazón.
Las manos..., ese mapa que nos señala los puntos cardinales y cotidianos de esta aventura del vivir.
https://youtu.be/hCEifyW6lXo?si=kK5dm8cHoWeL1sCc Thaïs Meditation (Jules Massenet) - Esther Abrami and Iyad Sughayer
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