Comienza un tanto desganado, con unas largas notas desgarbadas y cierto aire melancólico, como dando tiempo a los bailarines a que dejen sus tristezas y añoranzas en el baúl de las cosas afligidas, hasta que entran los instrumentos de viento a anunciar el amanecer de un día nuevo de pleno sol y cielo azul, marcando el ritmo del vals, y hasta que poco a poco se va sumando el resto de los instrumentos de la orquesta, y así uno se va olvidando sin querer, por el influjo imperioso de la música, a abandonar los estados de ánimo lánguidos y quejumbrosos, para llegar al punto álgido y más melodioso, entonado por la flauta travesera y el clarinete, en donde ya los pies mandan y el cerebro obedece para ir a su compás y seguirles a bailar un vals alegre y triunfal como el que más. Se trata del vals triste de Sibelius convertido por el genio en un proceso ascendente que va de los bajos fondos de la tristeza hasta las cumbres más altas del gozo, la alegría y una gran serenidad al final de la melodía.

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