viernes, 4 de octubre de 2019

¿DÓNDE HABRÉ PUESTO LAS LLAVES?


Las llaves: a través de ellas tomamos conciencia de nuestra frágil memoria y a partir de cierta edad nos volvemos tarumba preguntándonos y preguntando a nuestro alrededor dónde están las llaves, y no precisamente para jugar al ¿dónde están las llaves, matarilerilerile?, porque ya no se trata de un juego, más bien de un nuevo despiste, dejarlas donde no debieron dejarse, sino en su sitio. Pero lo bueno y lo grande de las llaves es que nos acompañan a todos los lados, en cuanto salimos de casa, porque son las que nos abren para poder entrar casi siempre en el mejor de los mundos posibles “mi casa”, nuestro mundo más íntimo y confortable y nos la cierran para nuestra propia seguridad y no encontrarla a la vuelta mal ocupada. Y cuando se pierden andamos de cabeza. ¡Ay, las llaves!
Nos dan lecciones de cómo estar abriendo constantemente puertas y ventanas a la vida, a la buena música, a la luz, a la paloma, al laurel, a la hierba buena, al corazón del amigo y a los nuevos caminos a recorrer y cómo cerrar con fuertes postigos para que no penetren ni el veneno, ni el alacrán, ni el ciempiés, ni el puñal, ni la serpiente, ni la estupidez, ni tantos malasombras que pululan por el ancho mundo. O cómo abrir y poner en marcha el coche que nos lleva y nos trae tan cerca y tan lejos.
En su ensayo “La malicia del mueble” el escritor Alfonso Reyes llama la atención acerca del efecto psicológico que los objetos domésticos tienen sobre nosotros: “He aquí, escribe, que los muebles, testigos mudos de nuestro existir, adquieren poco a poco, a fuerza de vernos y de palparnos o de sentirse palpados por nosotros, una manera de muda y sigilosa conciencia. Animales estáticos y, al parecer, enteramente pasivos nos acechan y nos van envolviendo en una baba invisible de intenciones”. Los muebles, los objetos y las cosas que nos rodean.
Testigos mudos de nuestro existir, pero atentos a todos nuestros movimientos y por ello pierden gran parte de su sentido y significado si desaparecemos, quedando huérfanos y desconsolados, al cabo de la calle y de la vida. Sí, testigos mudos, pero que, desde su silencio sepulcral, nos hablan constantemente y nos gritan de forma muy elocuente desde su callada y cálida presencia.
Nota no tan al margen:
No, no estamos solos, ni locos, los que escuchamos las voces de los objetos que nos rodean. La abuela del gran escritor italiano recientemente fallecido a los 93 años, Andrea Camilleri, dialogaba con los objetos: “a veces en dialecto, otras veces en lenguas diversas y totalmente inventadas, porque, según me explicaba con la máxima seriedad, una silla no habla como un piano o una cacerola”, como puede leerse en su espléndido libro, titulado, “Mujeres”.
... https://youtu.be/fZVi07gz28w Orquesta de mandolinas de Lugano. La vida es bella

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