viernes, 23 de septiembre de 2016

LA PRIMERA VEZ



Son de tierra adentro, no hay nada más que verlas, y es la primera vez que ven el mar y lo prueban, pero da mucha envidia su alegría de niñas que se ríen con la risa más sana: de ellas mismas y de lo ridículas que van, ya lo saben, porque se han puesto, como siempre, el mundo por montera, y ahora ya no hay quien las pare.
- Anda, que si nos ven los del pueblo
- Y peor si nos viera mi madre la pobre, porque diría que nos habíamos vuelto locas, que esas no son maneras de ir así de despendoladas
- Pues que les zurzan a todos, ¿acaso es que estamos haciendo mal a alguien?
- No hija, no, además ¿no te parece que vamos muy recatadas?
- A mí lo que me hubiera gustado es tener ahora mis 18 y ponerme un biquini de esos que quitan el hipo. Mismamente como esos de esas que pasan por ahí.
- Tampoco te pases, porque se las ve hasta el certificado de nacimiento
- Bueno, dejémonos de chismorreos y disfrutemos de la playa, que a eso hemos venido
- Pero ¿a que te haría ilusión que te viera tu Macario?
- Ni de coña, porque se pondría como una fiera diciendo que parecíamos unas fulanas cualquiera
- Pues a mí el mío ni se le ocurriera, que lo tenía bien enseñado y le había dicho bien claro que si él hacía lo que quería ¿por qué no podía hacer yo lo mismo?
Son de tierra adentro, pero con solo ver el mar se han extasiado sin cansarse de mirar el ajetreo de las olas, no ver el final del horizonte, y se han preguntado lo mismo que todo ser humano desde la lejanía de los tiempos: por qué tanta agua y tanto cielo y tanta hermosura y cuándo se terminará esta fiesta y por qué y para qué y luego qué y dónde está el sentido de todo esto si es que tiene sentido y por qué preguntárselo si no tiene respuesta...
Y se han vuelto al pueblo en donde todo es más tranquilo, mucho más sencillo, más seguro, porque todos se conocen y no tienen que andar cavilando y haciéndose tantas preguntas. Pero cada vez que se acuerdan de su entrada en el mar se mueren de risa.


Foto: Cristina García Rodero

miércoles, 21 de septiembre de 2016

LA GRANDEZA DE LOS PERDEDORES



La tendencia, a primera vista y de todo el mundo, es salir a ganar, y es precisamente ahí donde está el error, porque el objetivo no es ganar a todas luces y poder cantar, hinchados de orgullo el “campeones, oé, oé, oé”, mirando desde muy arriba con aires de desprecio a los derrotados. Nos lo dijeron bien claro que el objetivo era y es participar y en cualquier caso saber ganar y saber perder, que es en donde se halla gran parte de la aventura del vivir.
Pero es que hay más si al fondo del asunto queremos ir encaminados, como por ejemplo que es en la pérdida donde hay mayor ganancia. El que pierde, si lo sabe hacer, suele ganar infinitamente más que el que gana, aunque cueste entenderlo, porque pareciera que todos tenemos un aire en las meninges de triunfo y ganadores que corta y hasta aniquila todas las entenderas.
Los triunfos enarbolan y engolan el ego hasta los dominios de la estupidez malsana. En la entraña de la ganancia es donde la mirada es más corta y chata y en los fondos de la derrota germina la humildad que es la mayor de las grandezas del ser humano, por mucho desprestigio de esta virtud de enorme fortaleza. Sigo al pie de la letra y del espíritu a Manuel Rivas, uno de los grandes escritores dentro de su sencillez y de andar en zapatillas por la vida literaria, que ha llegado a escribir en un estupendo artículo: “El arte de fracasar mejor” esto tan desconcertante en apariencia y me parece tan profundo si se ahonda: “Lo mejor de la humanidad, el hábitat germinal del saber, es el fracaso”, apoyando su tesis en el gran Samuel Beckett, que según él siempre iba más lejos y formuló la tesis de manera más desafiante y provocadora: “Hay que fracasar mejor”. Que en estos tiempos de euforia cósmica del deporte y de angustia y hastío en la política habría que gritarles al oído: No intenten siempre ganar, sino jugar, ni gobernar queriendo aplastar y demonizar, sino fracasar mejor, para desde el fondo de esas profundidades salir regenerado, de una vez por todas, con deseos de abrazar, aunar, pactar, llegar a acuerdos, hacer buen juego y mejor espectáculo y que el espectador disfrute de las grandes jugadas las haga el nuestro o el de más allá, y que el ciudadano se sienta respaldado porque quien le representa gobierna, gestiona y no se lleva no solo un céntimo, que no le pertenece, sino que se honra de ser el más decente y lo demuestra para ejemplo de sí mismo y de sus representados. ¡Ay, qué lejos está esto, santo cielo!
Quien pierde, si sabe hacerlo -y soy consciente de que este lenguaje es harto difícil en nuestro mundo de pacotilla y vencedores con bocina y toscos modales- aprende muchas más lecciones de vida, que a la larga es lo que importa, infinitamente más. Tanto como que la vida, es lucha y coraje, mirar en horizontalidad a todos por mucho que estén o disimulen estar arriba, que la vida buena está más cerca del abrazo que de la zancadilla, y de la derrota más que del triunfo y la áspera competencia.
El poeta, por otra parte y otra lectura, habló de los dos grandes impostores, ¿lo recuerdas?: “Si tropiezas al Triunfo, si llega tu Derrota, / y a los dos impostores tratas de igual forma”.
Pero quien pierde tiene la posibilidad de comenzar de nuevo, resistiendo, caminando, aprendiendo, subiendo la montaña contra los vientos y las mareas, virtudes que engrandecen y son dignas del mayor de los aplausos. Habría que soñar, por lo tanto, ¿es tanto? en un mundo, al menos, de menos ganadores y perdedores, y en el caso de serlo que los unos no aplasten y pisoteen con sus himnos y signos horteras y que los otros no quieran asesinar su alegría de vivir que está por encima de toda ganancia y cualquier pérdida.

martes, 13 de septiembre de 2016

ARMONÍA DESAFINADA


Qué gusto da que sean tan desiguales en el rostro y esa luz tan diferente en la mirada y la sonrisa a punto en una de ellas. Nada tienen que ver la una y la otra, pero qué horror da verlas vestidas de igual forma. No parecen mellizas, pero diría casi lo mismo si lo fueran. En caso de serlo qué gusto que se parezcan, pero qué horror que vayan las pobrecitas así vestidas. A estas no las he visto jamás, pero en la ciudad en la que vivo las vemos, siempre iguales, por fuera, y tan diferentes en el fondo y en su mismidad, vestidas de arriba abajo de la misma manera en formas y colores, en bolsos y bisutería. Andarán ya cerca de los sesenta, que ya son años para que les haya dado tiempo en ir como les venga en gana, pero me imagino que ha podido más la fuerza de la costumbre y el hábito que alguien, ¿sus padres? les han inculcado y sellado a fuego. Es difícil pensar que tengan los mismos gustos, las mismas aficiones, el mismísimo andar por la ciudad y por la vida, y no darse cuenta de que nadie va así llamando la atención de esa forma, digámoslo con cierta piedad, tan extraña. Porque ¿cómo ser feliz caminando siempre pegada a la otra, como el percebe a la roca, y no querer asomarse un poco más, a la derecha, a la izquierda, o al valle de Las Batuecas, dar el paso más largo o mucho más corto, pararse sin pedir permiso a mirar al hombre bien puesto que pasa al lado y con el que se iría la más atrevida sin pensarlo más, quedarse un poco más contemplando el atardecer o darle el tiempo a la emoción ante el escaparate de una boutique llamativa viéndose con el vestido precioso que viste el maniquí?
Ya dije en una entrada reciente que hablar de “como dos gotas de agua” con la idea de que esas mismas gotas son iguales es falso, así que menos, infinitamente menos, dos seres humanos por muy gemelos que sean, y por lo tanto la comparación esta vez sí que es odiosa.
Así que, señora, deje cuanto antes de vestir a sus hijas como a Vd. le da tanto gusto, porque sin lugar, creo, a duda alguna, sus niñas o niños, a corto, medio y largo plazo, querrán vestir como les venga en gana, que no será forzosamente como Vd. o su padre o su tía desean. Incluso les hará un favor fomentando sus diferencias, sus gustos dispares, sus distintas costumbres y modos de entender la vida, sus caminos elegidos en libertad, lo que no está en contradicción con que se quieran con locura. Cada cual tiene más que suficiente con llevar pegada a su piel su misma sombra, pero que nadie sea nuestra sombra ni nosotros las de nadie. Otra cosa muy diferente es estar algún rato a la sombra de los mejores, pero a costa de que busquemos la nuestra siempre y en ella intentemos estar a gusto.

Foto: Diane Arbus

viernes, 9 de septiembre de 2016

LA GRANDEZA DE LA DEPENDENCIA



Me recuerda esta viñeta una que vi hace tiempo, quizá fuera de El Roto, y me impresionó: una pareja llevaba de la mano a su bebé y cada uno de ellos tiraba tanto y con tanta fuerza -¿estarían en trámites de separación?- que los brazos del propio niño se iban alargando de forma monstruosa. Por fortuna ésta tiene otra lectura y una ética modélica porque en el primer plano hay simetría hasta en la mirada de los padres hacia quien les importa por encima de todo. Y sus brazos, los de la pareja, son los que se alargan cuanto hace falta sin lesionar lo mínimo a su hijo... y precisamente debido a ese cuidado especial, a ese juego de llevarle en volandas por la vida, éste, cuando se hace mayor, lo lleva ya en los genes, intenta que su infancia reverdezca de tal forma que copia al pie de la letra y del espíritu cuanto hicieron por él. No siempre sucede, pero muchas veces, sí.
Alegra la primera estampa con ese aire de primavera del que se puede esperar todo. Pero alegra mucho más, por el mayor peso específico, y nos reconforta ese aire del otoño en la vida de los padres paseando como buenamente pueden, y más felices que unas pascuas por dentro, aunque sus males y la artrosis que invade sus cuerpos mermados les atenaza, pero la mano que antaño se asía fuerte ha vuelto con mayor fuerza y mucha más ternura.
En estas dos imágenes de la vida cotidiana hay una cara espléndida de la dependencia de unos al sacar lo mejor de los otros, ésta es su grandeza.

martes, 6 de septiembre de 2016

LA GRANDEZA DE LA SENCILLEZ


No me canso de ver y escuchar un vídeo que corre a veces por Las Redes. Se sitúa la acción en un bar de barrio o de pueblo en donde canta el bolero “Veinte años”*, sentada entre las mesas con un guitarrista al lado, su padre, una de las cantantes más importantes del momento, Silvia Pérez Cruz, y me llama la atención ese hacer las cosas bien de la forma más sencilla y simple en un humilde lugar como si fuera el escenario más distinguido. Todos están a lo suyo, unos jugando a las cartas, otros en la barra, alguno mirando sin querer y sin resistirlo sin perder de vista de soslayo a lo que allí está ocurriendo de forma excelsa.
Quizá fuera una de sus primeras interpretaciones, después ha venido todo como un vendaval de buen viento y mejor lluvia en la trayectoria de esta cantante de voz excelente y distinta del resto, que sale del fondo de la tierra, pero con una frescura y espontaneidad que pareciera estar ocupada en las labores más cotidianas de la casa y la trastienda. No va de diva esta mujer y se agradece, y cuando canta con el maestro “Palabras de amor”*, ella se comporta como alumna tímida en su mirada a quien admira, el gran Serrat, y con elegancia, y cuando él le besa la mano ella se la besa a él con enorme delicadeza y naturalidad y los dos nos regalan esa preciosa canción.
¡Cómo no estar de acuerdo con los adjetivos que Manuel Vicent le dedica en una semblanza en EL PAÍS: “Voz prodigiosa, limpia y melancólica”! De acuerdo y los subrayo. Esta mujer susurra las palabras y embruja las canciones.
¡Y cómo se agradecen estos gestos sencillos y tan profundos en este mundo que cacarea tanto la tragicomedia, la redundancia, la vanidad de las vanidades hasta el delirio, el teatro más vacuo, pero más grandilocuente de la política y la vida social de los grandes y de muchos pequeños que en breve, en cuanto puedan, se subirán a la parra del espectáculo más hortera y del lujo más hiriente y enfermizo! Solo hace falta estar atentos y los veremos pasar. ¡Se cambia de chaqueta con tanta facilidad en este mundo nuestro!
La grandeza de la sencillez. Ya lo sabes, y si prefieres te lo digo con palabras de Tolstoi: “no hay grandeza donde faltan la sencillez, la bondad y la verdad”.

Y de paso, por si te apetece escuchar:
*Sílvia Pérez Cruz i Cástor Pérez - Veinte años
* Joan Manuel Serrat & Silvia Pérez Cruz - "Paraules d´amor"

viernes, 2 de septiembre de 2016

EL BESO QUE SUPO ESPERAR




Fotografía: Sabine Weis

Materiales para una historia a discreción:

Lo primero es lo primero y lo fundamental: mirar detenidamente, esta vez la imagen de la famosa fotógrafa francesa de origen suizo, Sasine Weis, apodada como “la última humanista de la fotografía”, y dejarse llevar...
No te pierdas la trompeta de músico callejero y el sombrero de hombre echado para atrás, coqueto y bebedor, el pelo rebelde de quien va a derecho por la vida, las arrugas que el tiempo ha ido arando implacablemente en el rostro, y no digamos nada del pañuelo puesto con el arte que solo algunas viejas de los pueblos saben, los ojos saliendo de un jardín de arrugas encantadas y la sonrisa para el desmayo que nos lleva a la niña que fue y la joven que deslumbró...
Y preguntarse: ¿Por qué ha dejado de tocar el músico? ¿A qué viene ese beso? ¿Por qué ella mira sin mirar deteniendo la mirada y dejando que se mezclen mirada y sonrisa? ¿De dónde le viene esa risa tan agradecida y tan de dentro?
Y comienzas a darle aire a la imaginación:
Tal vez se conocieron de niños.
Tal vez a los ocho años él ya la perseguía.
Tal vez ella comenzó a no hacerle caso.
Y nos preguntamos por qué fue el inicio de un largo rechazo y por qué él seguía sus pasos sin desmayar y por qué...
Y pasa el tiempo, él persiste y ella le sigue contrariando, repitiendo el mismo proceso de los protagonistas de la extraordinaria novela de Gabriel García Márquez que hemos leído muchos con tanto deleite: “El amor en los tiempos del cólera”.
Y hete aquí que llega un día de fiesta cuando ya han entrado en años, como se ve a la vista: él con muchas historias que podrían contarse entre aventuras picarescas, propias de un músico bohemio y tarambana; ella soltera y sola en la vida con menos anécdotas amorosas que contar, a no ser que cojas el hilo inabarcable de su biografía...
Y en mitad del baile él la ve y manda parar. Le dedica la próxima pieza. Aún se acuerda de su nombre y sus dos apellidos, y dice que sigue pensando en esa mujer como el primer día y ella se ruboriza, pero detiene el rubor y deja que afloren las cosquillas del estómago, o algo así, tú verás.
La invitan, por ejemplo, a acercarse... y sube al escenario... y es cuando él, coge fuerzas y, trompeta en mano, se lanza a darle el beso que tenía guardado desde la lejanía de los ocho años, y ella no tiene más remedio que sacar la misma mirada de siempre que comenzó de niño a trastornarle, y tras su sonrisa tierna y socarrona, no tiene más salida que decirle que sí, que ella también le quería, y que a qué esperar más, porque ahora sí sabe que es fiel y constante y no es el momento de perder más el tiempo.
¿No te parece que esos rostros, con esa vida tan larga y tan esperada por parte de él y quién sabe si por parte de ella, se merecen un final feliz de los que hacen época?
Aunque en el fondo a mí lo que me gustaría es saber su historia verdadera desde el principio de sus días hasta ese encuentro tan fascinante, pero no deja de ser hermoso dar pasto a la imaginación e inventarse mil historias dispares y hasta disparatadas.

martes, 30 de agosto de 2016

10 PREGUNTAS QUE MUCHOS NOS HACEMOS


• ¿Por qué callan los dioses, por mucho que el filósofo Ralph Waldo Emerson llamara a su silencio “el susurro de los dioses”?
• Y, ¿cómo pueden dormir cuando estalla el mundo en mil pedazos por tanto tsunami y tanta masacre terrorista sin olvidar los genocidios de todo pelaje y condición y los malos tratos a esa mujer inocente y a esos hijos benditos?
• ¿Cómo pueden extasiarse ante las cosas bellas por ellos creadas, si eso es verdad, y permitir la fealdad de las rosas muertas?
• Y, ¿por qué se parecen tanto sus religiones en lo bueno y en lo perverso?
• ¿Cómo entender de tejas abajo, que es nuestro humilde ámbito de conocimiento, la trascendencia de los altos cielos y otra vida con huríes o sin ellas?
• ¿Cómo comprender que por un pecado mortal, de cualquier índole y miramiento, la humanidad entera se pudra en los infiernos por toda la eternidad?
• Porque... ¿quién entiende que por un acto de desobediencia, allá en el paraíso, -qué acto, qué paraíso- todos los humanos e inhumanos necesiten un Redentor muerto en la cruz para pagar la deuda o limpiar la culpa –qué deuda, qué culpa?
• ¿Por qué nos hicieron comulgar con ruedas de molino cuando nuestras mentes, a punto de haber estrenado el uso de la razón, eran tan frágiles?
• Y... ¿por qué, te lo diré con mi admirado León Felipe, nos han contado tantos cuentos y nos han dormido con todos los cuentos?
• ¿No tendríamos que decir con el poeta: “No me contéis más cuentos”?
Si tienes la respuesta, dínosla, por favor. Y de paso, perdón a los más creyentes de la tribu, si se han sentido molestados, a quienes respeto profundamente en sus creencias.