jueves, 23 de marzo de 2017

¿QUIÉN SOSTIENE A QUIÉN?




Él la sostiene a ella: ojalá sea así siempre, pero mucho mejor que se sostengan los dos.
Ella domina la situación, ¿será siempre así? Lo mejor es que ambos, a dúo, la dominen, tanto si viene a derecho como si viene torcida.
Ella es libre, aunque le ha costado lo suyo llegar a ello y debe ser celebrado por los dos todos los días de su vida.
El recibe toda la pasión que le está viniendo encima, pero ¿aprenderá la lección de usar esa virtud sin que se salga de madre y rompa todos los diques?
Ella está indicando el horizonte que se irá haciendo camino mar adentro hasta que el ímpetu se enfríe y la pasión sea una rosa marchita, por lo que habrá que buscar otras pasiones menores y nuevos sentidos de vivir día a día más vigorosos que la pasión.
Él siente escalofríos de pensar en un futuro tan incierto y el miedo le ata en exceso a la orilla.
Ella le invita a navegar, desnudos como los peces de la mar.
Él, al final, se anima, y disfruta de ir pegado a ella, cosido a sus besos.
Ella se deja llevar, pero no suelta los remos, porque cree que su fuerza es imprescindible.
Él y ella, tendrán que ir aprendiendo estrategias contra el desgaste de la convivencia, siempre enganchados a la ternura -nos salvará la delicadeza- construyendo pequeños oasis para los días de frío y niebla y poder disfrutar días y noches del ancho mar y de cada recodo que encierran los fantásticos secretos de la vida.
¿Quién sostiene a quién?:
Él a ella y ella a él. Como debe ser, como tiene que ser. Y no hace falta añadir que ahí va incluido el buen reparto del cuidado de la casa y todo lo mucho que ésta conlleva, de los hijos y los hijos de los hijos y todo el largo etcétera que va unido a una familia de bien... pensar y buen hacer.

martes, 21 de marzo de 2017

GLORIA FUERTES, poeta de niños, jóvenes y adultos


Estamos en el aniversario de su nacimiento y se le está haciendo justicia, tras unos años de olvido y secuestro. Está bien recuperar a una poeta de gran magnitud en años de sequía y aires superficiales de no ir al fondo de las cosas y los días. Gloria Fuertes poseía una voz propia, de tono coloquial, usaba la rima, como casi todo, con ironía y hondura a la vez. Era provocadora, desmontaba valores instituidos (petrificados) para abordar valores universales reales. Era, según ella, una mujer que se reía de su sombra: “maletilla de las letras”, ¿para qué más? y era feliz, menos cuando se le acercaban los demonios de la ausencia, la soledad o la injusticia de este mundo.
Os invito, paso a paso y verso a verso por unos pocos caminos transitados de esta gran poeta:
“Gloria Fuertes nació en Madrid”, de similar manera comenzó otro gran poema Dámaso Alonso, al decir: “Madrid es una ciudad de más de un millón de cadáveres (según las últimas estadísticas)”, como si de una noticia de prensa se tratara, y al segundo verso nos rompe el ritmo cansino de la lectura apolillada, nos descoloca, y pareciera lanzarnos una boutade “a los dos días de edad”, que los despistados se apresuran a murmurar pensando: “sí hombre, otra más”, pero sigues y te topas con la respuesta genial del genial hallazgo literario: “pues fue muy laborioso el parto de mi madre / que si se descuida muere por vivirme”. Pues es claro que, en esas circunstancias, naciera a los dos días de edad.
“A los nueve años me pilló un carro / y a los catorce me pilló la guerra” uno de tantas antítesis-contrastes abundantes en esta poeta con duende, gracia y hechizo. Antítesis de similar calado al de esos diversos prodigiosos de Lorca en el romance de La casada infiel: “se apagaron los faroles / y se encendieron los grillos”.
“Quise ir a la guerra, para pararla, / pero me detuvieron a mitad del camino”. Un hombre difícilmente podría decir eso, porque los hombres van a tirar tiros y matar. Solo las mujeres, pues les sale de muy dentro, si van a la guerra es para pararla, porque no se andan con bromas y bestialidades humanas.
O este poemita tan chiquito y tan inmenso de tanto sentido común y tamaña hondura filosófica: “La gente corre tanto / porque no sabe dónde va, / el que sabe dónde va, / va despacio, / para paladear / el ir llegando”. Que nos fuerza a seguir cavilando, creando a nuestra altura: paladear, contemplar, sentir, escucharlo todo porque importa más el viaje, casi siempre, que la llegada.
O ese dedicado al “Ciprés del cementerio”, que no me canso de leer, de similar factura al anterior: “Yo no soy triste, / es que estoy en un sitio donde / nadie viene con sonrisas. / Yo no soy triste / es que todo el que viene aquí / es como si le faltara algo. / Yo no soy triste / y si no que se lo digan a los pájaros, / a ver / ¿qué tienen los otros árboles que no tenga yo? / Yo no soy triste, / lo que pasa es que todos me miran con tristeza”. Otros poetas han cantado en versos al ciprés del cementerio y se hallan lejos, muy lejos de haber encontrado este feliz y hondo significado con un derroche de gran aliento poético y antropológico y final antológico.
Y el último botón de muestra:
“Me dijeron: - O te subes al carro o tendrás que empujarlo.
Ni me subí ni lo empujé. Me senté en la cuneta y alrededor de mí, a su debido tiempo, brotaron las amapolas”. Que bien podría ser un magnífico retrato de su personalidad rebelde hecha para la poesía de altura.
Gloria Fuertes, definitivamente, poeta entrañable de niños y poeta exigente y luminosa de mayores

jueves, 16 de marzo de 2017

LA IMAGEN DEL PADRE



Me ha gustado leer en una entrevista al filósofo, Javier Gomá, algo que llevo desde hace mucho tiempo en las entretelas de mi cerebro de la manera más mimada que me es posible, como es la de recordar a mis padres, convencido de que mientras residan en mi memoria ellos siguen vivos. Pero me ha subyugado esa preciosa idea de poder “custodiar la imagen del padre”, después de muerto.
Esto le pregunta el entrevistador, Fernando Díaz:
P.- ¿En qué consiste la ejemplaridad aplicada al duelo por la pérdida del padre?
Y esto es lo que contesta el filósofo:
R.- Como he intentado representarla en el monólogo, es una cierta piedad filial que permite que la imagen de la vida del padre emerja, que luzca en su belleza sin excluir los elementos dolorosos ni problemáticos que toda vida implica, pero dejar que después la luminosidad de la imagen prevalezca. Luego empiezas a preguntarte por tu propia imagen y te das cuenta de que ahora eres custodio de la imagen de tu padre, y que algún día tus hijos lo serán de la tuya, pero aún estás a tiempo de añadir colores, dibujos y formas al lienzo para que esa imagen sea más luminosa.
Eso es lo que me ha deslumbrado, porque me parece de una sutileza y, a la vez, de una grandeza extraordinaria. Ser custodio de la imagen de tu padre y de tu madre, con la posibilidad de hacerlas más luminosas, porque ya que eres el autor puedes seleccionar lo hermoso, lo mejor y lo más ejemplar de sus biografías y olvidarte, para qué recordar sus sombras, fueron humanos, demasiados humanos, como cualquier hijo de vecino, y les echamos, como buenos hijos, a ese asunto oscuro, un velo de piedad que tape todas sus vergüenzas como en aquellos tiempos lejanos hicieron las hijas de Noé con su padre ebrio.
Eso quisiera de mis hijas, Inés y Alba (como tú de los tuyos) que custodien en su memoria mi imagen y, ellas, que son tan artistas en tantas cosas, la coloreen a su gusto, para que puedan estar más a gusto con ella, con lo que tras la última despedida quedaré la mar de satisfecho y feliz de seguir vivo en su recuerdo. Gracias anticipadas a quienes en su día se unan a ellas. Sí, gracias.
Nota no tan al margen: Y ya en línea, cómo no deleitarnos con otra perla de Javier Gomá en la entrevista citada:
R.- Nuestra cultura en general es una invitación a la tristeza. Además ser triste es lo más fácil, no tienes más que abrir los ojos y ya la naturaleza te convierte en triste. Si ves cuál es nuestro destino y el de los demás, siempre hay una coartada para deprimirse. Así que hasta cierto punto la tristeza es vulgar, mientras que la alegría inteligente -no la alegría estúpida basada en la necedad o en un exceso de candor- me parece tan milagrosa como una sinfonía de Beethoven, y requiere un arte, una sabiduría, una genialidad que son poco frecuentes. Consiste en hallar razones para el entusiasmo a pesar de la evidencia de nuestro destino. Quien lo logre es un genio. En cambio, entristecerse es tan fácil como respirar.

domingo, 12 de marzo de 2017

MARTIRIO, “la dama de gafas oscuras”



Cogí los bártulos el viernes pasado, es un decir, porque solo me llevé un breve esquema en un folio, para presentar de nuevo a Martirio, en La Cistérniga, en donde nos ofrecía una charla sobre la copla en nuestra educación sentimental. Tal fue el éxito de hace dos años que, Cristina López, mi buena amiga, con tan buen olfato para la cosa cultural y dar un alto contenido a la espléndida Casa de Cultura del municipio, a tiro de piedra de Valladolid, me invitó otra vez a presentar el acto.
No se me ocurrió caer en el topicazo de que Martirio “no necesita presentación porque todo el mundo la necesita. Es importante una breve presentación, y no solo para calentar el ambiente sino, sobre todo, para decir algunas cosas fundamentales de la protagonista, que no tiene por qué estar al tanto de ello una inmensa mayoría, por muy famoso que sea el artista de turno.
Y de nuevo se hizo el milagro y el público se fue emocionando progresivamente, porque la charla-monólogo-cantado, “La mujer y la copla en nuestra educación sentimental”, de Martirio, nos fue llevando y adentrando, sin querer queriendo, desde el principio, con muchas tablas, a su hermosísimo jardín, relato precioso y bien trabado, desbordando un fino humor-crítico sobre los tonos más sombríos y abultados de la copla y haciendo participar con voces y palmas a discreción, pocas veces he visto, desde el inicio hasta el final dar tantos aplausos a una artista, pero es que estamos hablando de Maribel Quiñones, MARTIRIO, la dama de gafas oscuras, como alguien la ha llamado con acierto.
“Maribel es la escultora de Martirio, escribió José Luis Sampedro, en el prólogo al delicioso libro “La vuelta a Martirio en 40 trajes”, su arte creador empieza con el personaje y es un proceso permanente” y cómo el hechizo de esa figura singular, diferente, ha dado nueva vida a la peineta, a 40 trajes y su bastón de mando: el abanico.
De nuevo, fue un gustazo y todo un lujo porque Martirio es única y hay que celebrarlo con ella.
Esta es la grandeza de los más grandes: ser únicos, originales, tener una voz y un estilo propios. La imagen externa, como todo el mundo sabe de Martirio, es peculiar y única, pero afortunadamente únicos son su voz y su estilo, únicos e inconfundibles, tal y como acuna y mima su voz que es como un susurro y un arrullo al alma más exigente y sensible.
Fue con Carlos Cano la gran renovadora de la copla, que tanto en él como en ella suena distinto, y así mismo el flamenco, el jazz, el bolero, la bossa nova o el tango.
Se acerca ya a la veintena de discos publicados y ha colaborado con artistas de la talla de Maria del Mar Bonet, Chavela Vargas, Compay Segundo, Javier Ruibal, Carlos Cano, Alberto Cortez, Luis Pastor, Amancio Prada, el pianista de jazz Chano Domínguez, Mayte Martín, o Miguel Poveda, entre muchos otros.
Ha recibido muchos y muy significativos premios: Medalla de Huelva, su tierra natal, medalla de Andalucía, premios nacionales, Ciudadana de Honor de Buenos Aires, Ciudadana ilustre de Puerto Rico, La llave de Medellín...
Nos quedamos a cenar, nada menos que setenta personas del numeroso público asistente, y continuó la fiesta con canciones y muchas fotos, porque todo el mundo quería una imagen con Martirio.
Fue un placer inmenso escucharla una vez más.
Martirio siempre es un lujo. Es la gran dama de gafas oscuras de la copla y de todo cuanto toca y canta.

jueves, 9 de marzo de 2017

JOYCE CAROL OATES


A veces la publicidad puede darnos gato por liebre y hasta las reseñas literarias no son a veces de fiar, pero cuando después de haber leído, Ave del paraíso, de Joyce Carol Oates, el siguiente párrafo del The Herald: “Novelistas como John Updike, Philip Roth, Tom Wolfe y Norman Mailer compiten por el título de Gran Novelita Americano. Pero quizás el Gran Novelista Americano es una mujer”, podría hacer mía la frase totalmente convencido de que es así. La novela me parece prodigiosa, mágica, potente, hábilmente estructurada, de una imaginación desbordante... y maravillosamente bien escrita. Aaron y Krista pueden muy bien ser esas “aves de paraíso” que hacen nido fácil y feliz en lectores exigentes. Con un final espléndido: Krista se había enamorado de niña y adolescente de Aaron, sin que éste se percatara, un chico duro y conflictivo, que tenía la mirada puesta en sabe Dios dónde, pero pasarán veinte años para volver a verse en un encuentro fortuito, pero pasional y amoroso, y Krista cuyos derroteros han ido en una dirección casi opuesta a la de Aaron, se escapó por una puerta lateral del hotel mientras él dormía, con la firme decisión de continuar su vida de mujer libre y profesionalmente realizada por encima de un enamoramiento adolescente y una pasión de adultos sin contenido.
Después de esta larga novela de 520 páginas me he zambullido en “Mujer de barro” y sostengo lo que dice la crítica de aquí y de allá, que esta escritora, Joyce Carol Oates, es una de las más grandes escritoras actuales. “Mujer de barro” es una novela intensa, mantiene el suspense hasta la última línea y vamos asistiendo alternativamente de la infancia a la madurez de la protagonista. Sus 494 páginas no tienen desperdicio alguno: Meredith es abandonada en unas marismas de una región desolada al sur de unas montañas del estado de Nueva York, por su propia madre, que sufre una perturbación mental grave: La pequeña niña de barro sobrevive gracias al azar, un joven pescador le salva la vida. Es adoptada por un matrimonio y aunque hacen lo imposible por que olvide el pasado éste siempre intenta volver y vuelve. Meredith llega a ser la primera mujer que accede al rectorado de una prestigiosa universidad americana y recibirá amenazas continuas a su liderazgo en paralelo a una relación sentimental secreta. Hasta que se enfrenta ya al final de la novela con aquella niña de barro de sus orígenes y que creía haber olvidado porque sus padres de adopción había hecho lo imposible por no desvelar sus verdaderos orígenes. La escena es desoladora. Su madre biológica existe y reside en un hospital psiquiátrico que ni la reconoce ni se puede comunicar con ella de manera alguna. Al despedirse de la cuidadora, ésta le dice:
- Señora, voy a acompañarla hasta la planta baja, se ha quedado usted blanca como el papel. Como decía, ha sufrido una especie de trauma, ¿verdad? ¿Ver a su madre así?
Meredith asintió débilmente.
- Pensé que quizá podría hablar un poco con ella. Pensé que, si se acordaba de mí, le contaría lo que ha sido mi vida desde... desde que ella me conoció. Pensé... Meredith hizo una pausa, se sentía muy extraña. Pensé que la perdonaría. Eso es lo que pensé.
Esta misma tarde iré a la biblioteca del barrio y me traeré La hija del sepulturero..., has acertado, de Joyce Carl Oates.

martes, 7 de marzo de 2017

ELLA ME PIDIÓ TIEMPO... Y YO LA INVITÉ A UN CAFÉ


Tomo, de entre las viñetas magníficas que día tras día nos regala José Antonio Trejo en Facebook, el siguiente diálogo, que atraigo hacia mi huerto para que florezca más y mejor, si cabe, y dé nuevas flores y frutos abundantes:
“Ella me pidió tiempo.
Yo le di mis lunas y mis soles, mis segundos, los minutos y mis horas… Le ofrecí un octubre acompañado de 11 meses, envejecer con ella, y hasta le obsequié mi reloj de arena.
Ella me pidió tiempo.
Creo que las definiciones en su diccionario no son las mismas que en el mío”.
Podríamos decir amén, muy bien dicho, así sea y sanseacabó, pero ya sabes que a mí (y en el fondo a ti también) me gusta seguir el camino ya iniciado para transitarlo por cuenta propia y descubrir lo que se ponga por delante ante los sentidos abiertos y despejados.
Ella me pidió fuego y, después de dárselo, yo la invité a café para intercambiar palabras de agradecimiento al alimón, ver en compañía cómo pasa la vida, a dónde se dirige la gente con tanta prisa, sin saber detener el tiempo, aunque solo dure lo que dura un cigarro apresurado, poderse mirar a los ojos para escuchar de paso cómo late el corazón y sus angustias o hacia dónde se dirige el pensamiento razonado y libre y el deseo del contagio saludable.
Y así un simple café puede que nos enseñara que tenemos definiciones de las cosas y la vida diferentes, pero que a partir del sencillo intercambio del tiempo, las palabras y las mutuas gracias podemos aprender a convivir con mayor respeto y tolerancia, compartir el pan, la sal y la ternura, hacer aflorar la densidad del encuentro y que haya flores y frutos más abundantes en nuestras calles y en nuestros jardines y huertos, tantas veces, ay, yermos.
Y ya puestos, a la sombra del 8 de marzo, vamos juntos a exigir unas políticas que en sus ideologías partan de la igualdad de los sexos, gestionen la cosa pública con medidas concretas a favor de esa igualdad y de igual forma un caldo de cultivo que nos involucre a todos en la conquista de un mundo más humano y menos salvaje, en que decidan el rumbo de sus propias vidas sin interferencias de dominio y odio al otro, más bien a la otra.
Desde este humilde rincón me uno a todas las manifestaciones a favor de la mujer y contra la violencia machista y todo tipo de maltrato. Porque ¡ya está bien!

viernes, 3 de marzo de 2017

EL LUTO, UN MARTES DE CARNAVAL



Releo la deliciosa novela “Memorias de un niño campesino”, de Neira Vilas, y les leo, el pasado Martes de Carnaval, a los cincuenta mayores de la Residencia de Ancianos, “Cardenal Marcelo”, que asisten a “Ventana Abierta”, martes tras martes, fieles a la cita, el 4º capítulo, titulado “Luto”, en el que el protagonista, Balbino, “un neno labrego”, nos cuenta cómo pasó tres años con un luto incomprensible por su tío Braulio, repitiendo insistentemente que él no tuvo culpa alguna, lógicamente. Y ¡cómo lo entienden muchas de las señoras, que lo escuchan atentas, y que se pasaron toda la juventud de negro, “como una que yo conocí y quedó viuda de joven, vistió de negro hasta los noventa años”, dice estremecida una mujer de la primera fila! ¡Cómo se extrañan de lo vivido a sus ochenta y más, igualmente que el niño gallego de 12 años!
Balbino nos contará en este capítulo su triste Martes de Carnaval: “Me echaron encima el luto hace tres años y con él sigo, sin poder ir a las fiestas ni vestirme de “viejo” en carnaval. El último Carnaval lo pasé en casa... Mientras los demás se divertían, yo soportaba, el encierro. Pero vi la mascarada por una rendija de la ventana... La gente reía, cantaba, gritaba de contento. Se divertían todos. Todos, menos yo, que sufría detrás de la ventana... Yo no tuve la culpa de que mi tío Braulio quedara aplastado debajo del carro. ¿Por qué entonces me encajaron este luto sin fin”.
Balbino nunca lo entendió, ni los cincuenta ancianos, más Xoan y yo, esa mañana de Carnaval. Ellos asistirían al baile de la tarde que Xoan había programado, olvidándose de los lutos que sufrieron en su larga vida.
Terminé diciéndoles el pésame utilizado por los turcos que aprendí solo hace unos días y repito a quien cojo por banda y esté dispuesto a escucharme: “No hay que morir con el muerto”. Pues eso, porque la vida es lo que importa y está ahí siempre esperándonos para usarla, desgastarla, disfrutarla y convertirla en vida buena. Y eso es lo que querrían nuestros muertos de estar vivos.

Nota no tan al margen: Te recomiendo esta novela, de la que Xesús Alonso Montero, ensayista, poeta y catedrático de Literatura gallega, dijo en el prólogo, que se trata de una deliciosa autobiografía, “a mi modo de ver unas peripecias y unas vivencias inéditas, hasta que Neira Vilas organizó con ellas esta palpitante e incitante novela”. Corría la década de los 70 cuando fue publicada y cayó en mis manos. Disfruté enormemente con su lectura, como ahora, después de cuarenta largos años de su publicación. Por eso está tan felizmente arrugada y parcheada con cinta adhesiva por todo el lomo.