jueves, 25 de mayo de 2017

LAS MONJITAS DEL DAVID


Es una gozada verlas, por muy monjas que sean, como colegialas de excursión, haciéndose fotos y hasta selfies, quién lo diría, sin escamotear lo más escabroso ni las posibles reprimendas de la madre abadesa. Son y están felices y les sale la alegría por los poros, ¿la mirada picarona que todo humano lleva dentro?, porque aunque bien se ve a todas luces que lo que destaca es la sublime belleza de una de las obras del arte más luminosas y grandes de la historia: el David de Miguel Ángel nuestra mirada, sin querer, nos lleva a lo que nos lleva y se detiene. Pero ¿a quién va a importar que sus partes pudendas estén al descubierto y en despolote reivindicativo del sexo sin ambages? Ellas son del Vaticano II y vuelan alto. Pero en su sonrisa abierta hay mil preguntas, la primera, la de la líder del grupo que cual bandera enhiesta saca la foto y sea lo que Dios quiera, o de una vez por todas, luzca la hermosura del arte y se entierren los mezquinos pensamientos de quien es mezquino y necio. Y las de la derecha, que se arropan y se agarran bien al grupo para que, cuando venga la madre superiora a entrometerse en sus almas, la fuerza del grupo se más poderosa que sus aires de austeridad, disciplina y suspiros místicos, ríen en sonora y abierta carcajada. La de la izquierda está reciamente enhiesta y bien plantada, con cara de buena persona apoyando la feliz idea de la más atrevida de todas. Hay otras tres, a las que no se las ve el rostro, espejo del alma de siempre, y no sabemos si lo han hecho adrede, buscar la doble fila, el anonimato, porque nuca se sabe, y no todo el mundo es valiente y echado “palante”, de quienes no solo de ellos es el reino de los cielos, ¡qué sería de los débiles, humildes, poca cosa, mindundis y juanlanas!, o simplemente que el azar las ha puesto ahí porque, de haber podido, estarían en primera fila con todos los derechos del mundo y la autoestima y orgullo a cielo abierto.
En cualquier caso, desde este mi humilde rincón, brindo por ellas, felicito su gesto y sonrío feliz. Han dado vida, y cuidado que es difícil añadirle un pelo a ese David de excepción, a una original y hermosa fotografía, y que sea lo que Dios quiera, ya digo, o la madre abadesa pueda pensar y maldecir. Las oigo susurrar: que nos quiten lo bailao y, mejor, musito, que nadie se atreva a quitárselo.

Nota no tan al margen: Quiero creer que son monjas católicas. ¿Te imaginas, amigo lector, queridísima amiga, si estas monjas fueran de otras religiones? A ti y a mí nos hacen gracia. Pero me produce terror pensar que tanto a nosotros como a esas pobres, pero alegres monjitas, nos pasarían por la metralla con el furor intolerante y el odio sin límite alguno que llevan sobre sí, quienes piensan con la mente vacía de cordura, pero llena de deseos de destrucción a todo lo que se mueve en otra dirección.

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