jueves, 9 de marzo de 2017

JOYCE CAROL OATES


A veces la publicidad puede darnos gato por liebre y hasta las reseñas literarias no son a veces de fiar, pero cuando después de haber leído, Ave del paraíso, de Joyce Carol Oates, el siguiente párrafo del The Herald: “Novelistas como John Updike, Philip Roth, Tom Wolfe y Norman Mailer compiten por el título de Gran Novelita Americano. Pero quizás el Gran Novelista Americano es una mujer”, podría hacer mía la frase totalmente convencido de que es así. La novela me parece prodigiosa, mágica, potente, hábilmente estructurada, de una imaginación desbordante... y maravillosamente bien escrita. Aaron y Krista pueden muy bien ser esas “aves de paraíso” que hacen nido fácil y feliz en lectores exigentes. Con un final espléndido: Krista se había enamorado de niña y adolescente de Aaron, sin que éste se percatara, un chico duro y conflictivo, que tenía la mirada puesta en sabe Dios dónde, pero pasarán veinte años para volver a verse en un encuentro fortuito, pero pasional y amoroso, y Krista cuyos derroteros han ido en una dirección casi opuesta a la de Aaron, se escapó por una puerta lateral del hotel mientras él dormía, con la firme decisión de continuar su vida de mujer libre y profesionalmente realizada por encima de un enamoramiento adolescente y una pasión de adultos sin contenido.
Después de esta larga novela de 520 páginas me he zambullido en “Mujer de barro” y sostengo lo que dice la crítica de aquí y de allá, que esta escritora, Joyce Carol Oates, es una de las más grandes escritoras actuales. “Mujer de barro” es una novela intensa, mantiene el suspense hasta la última línea y vamos asistiendo alternativamente de la infancia a la madurez de la protagonista. Sus 494 páginas no tienen desperdicio alguno: Meredith es abandonada en unas marismas de una región desolada al sur de unas montañas del estado de Nueva York, por su propia madre, que sufre una perturbación mental grave: La pequeña niña de barro sobrevive gracias al azar, un joven pescador le salva la vida. Es adoptada por un matrimonio y aunque hacen lo imposible por que olvide el pasado éste siempre intenta volver y vuelve. Meredith llega a ser la primera mujer que accede al rectorado de una prestigiosa universidad americana y recibirá amenazas continuas a su liderazgo en paralelo a una relación sentimental secreta. Hasta que se enfrenta ya al final de la novela con aquella niña de barro de sus orígenes y que creía haber olvidado porque sus padres de adopción había hecho lo imposible por no desvelar sus verdaderos orígenes. La escena es desoladora. Su madre biológica existe y reside en un hospital psiquiátrico que ni la reconoce ni se puede comunicar con ella de manera alguna. Al despedirse de la cuidadora, ésta le dice:
- Señora, voy a acompañarla hasta la planta baja, se ha quedado usted blanca como el papel. Como decía, ha sufrido una especie de trauma, ¿verdad? ¿Ver a su madre así?
Meredith asintió débilmente.
- Pensé que quizá podría hablar un poco con ella. Pensé que, si se acordaba de mí, le contaría lo que ha sido mi vida desde... desde que ella me conoció. Pensé... Meredith hizo una pausa, se sentía muy extraña. Pensé que la perdonaría. Eso es lo que pensé.
Esta misma tarde iré a la biblioteca del barrio y me traeré La hija del sepulturero..., has acertado, de Joyce Carl Oates.

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