martes, 7 de agosto de 2012

EL SACRIFICIO DE ISAAC O EL VIENTO DE LOS ÁNGELES





“Toma ahora tu hijo único, Isaac, a quien amas, y vete a tierra de Moriah, y ofrécelo allí en holocausto sobre uno de los montes que yo te diré.” (Génesis 22:2)

 Pero padre, ¿dónde está el cordero para el sacrificio?

Aquel día caí muerto sobre la peña, porque los sentidos se me apagaron en cuanto se encendió la luz hiriente del cuchillo grande que usaba mi madre en las cosas de la cocina, hasta que un fuerte viento que bajaba de la ladera me despertó y es cuando noté en mi mirada un odio, que resbalaba hasta el pecho, y que nunca había conocido, dirigido al hombre que veneraba desde el uso de la razón, odio que ha durado, por eso hablo de muerte, 27 años, 3 meses y 14 días, hasta este mismo instante en el que mi padre, Abraham, el padre de la fe de muchos pueblos, ha cerrado los ojos para siempre.

Pero padre, ¿dónde está el cordero para el sacrificio?

Era todo azul el cielo cuando abrí la ventana, tenía todavía los ojos pegados al sueño, pero en cuanto me llamó mi padre me levanté a toda prisa porque, aunque no me había dicho nada al acostarme, entendí, como otras veces, que me tenía preparada una sorpresa. ¿Iríamos a probar las primeras uvas a la viña preferida de toda la familia? ¿Me llevaría al pueblo de las montañas para comprarme unas botas de caza...? Yo iba como siempre delante, llevando las correas del asno que padre usaba cuando el camino iba a ser largo. Y como le preguntara una y un montón de veces más, que adónde íbamos aquella mañana de luz intensa y diera muchos rodeos hasta que de tanto insistir se diera por  vencido y me dijera que íbamos al monte a ofrecer a Yahvé un sacrificio, le dije:

Pero padre, ¿dónde está el cordero para el sacrificio?

Él me contestó con la frase que tenía siempre a la puerta de la boca:

Dios proveerá.

Hasta que llegamos a una peña que estaba en lo alto del monte. Y yo insistía:

Pero padre,  ¿dónde está el cordero para el sacrificio?

Y es entonces cuando me entró un gran temblor en todo el cuerpo, cerré los ojos después de ver brillar al sol de la mañana el rayo deslumbrante del cuchillo y no vi más, nada oí..., hasta que el viento de la ladera le susurrara a mi padre al oído, creía que era un ángel, como siempre, que se detuviera, que había ya demostrado que su fe era grande. No quise saber nada más, ni me interesó que echara mano de un carnero que saltaba por las rocas apartado del rebaño y había quedado con los cuernos entre la maleza e hiciera lo que a mí tanto hería a mis sentidos: la sangre por el suelo, el olor a carne quemada y el humo que subía a lo alto hiriendo los ojos cuando el viento hacía remolinos.

¿... y quién, cómo, cuándo, por qué, qué se cuece en los sesos de la mente... eran las  voces que atronaban en mis oídos?

Quizá no tuviera culpa de nada, mi padre, porque confundía los sueños que todos tenemos con mensajes de lo alto..., que ya decía mi madre: Abraham, te vas a volver loco de tantos sueños y de tanto confundir al viento de la ladera con el aleteo de los ángeles zumbando en tus oídos. Eso le decía mi madre, Sara, y sonreía como cuando le dijeron que iba a tener un hijo muy entrada en años. Quizá no tuviera culpa de nada y solo se debía a algún desequilibrio de su cerebro, pensaba yo. Si no, ¿cómo entender el desvarío de una obediencia tan ciega y tan estúpida?

A medida de ir haciéndome hombre he seguido pensando que quizá no tuviera culpa, porque quienes la tuvieron sobremanera fueron quienes se inventaron el personaje de mi padre, y la historia del sacrificio, y un hijo tan obediente y sumiso, y un Dios que exige esa fe inquebrantable en los humanos, más la sangre y el humo con olor a cuerno quemado, sin sentido, de animales, y la muerte de un cordero inocente, como yo, en la flor de la adolescencia desde donde me salió para siempre el fruto de la rebeldía con causa o sin ella a raudales.

Así que a estas alturas de la vida sigue en mi mente la pregunta de marras:

Pero padre,  ¿dónde está el cordero para el holocausto... y por qué esa necesidad de sacrificios a los dioses... y esa sangre rodando por el suelo... y ese olor a chamusquina que incendia los pulmones... y ese humo ennegrecido que enturbia la mirada... y por qué tienes que confundir el sonido del viento con la voz de los ángeles..., y por qué tanta gente se imagina y dibuja a un  Dios así: a imagen y semejanza de su mente chiquita y retorcida...,  por qué..., por qué?

...

El ángel del Señor llamó por segunda vez a Abrahán desde el cielo y le dijo:
—Juro por mí mismo, oráculo del Señor, que por haber hecho una cosa así, y no haberme negado a tu hijo, a tu único hijo, te colmaré de bendiciones y multiplicaré tu descendencia como las estrellas del cielo y como la arena de las playas; y tu descendencia se adueñará de las ciudades de sus enemigos. En tu descendencia serán bendecidos todos los pueblos de la tierra porque has obedecido mi voz.

AMEN

4 comentarios:

Mª Jesús PRIETO dijo...

Es una narración espantosa. Cada vez que releo esta historia, siento la misma nausea que la vez primera.
Elijo un pequeño trozo de Temor y temblor de Kierkegaard, para que acompañe a tus palabras. Hay muchas opciones para Abraham, mejores que la que eligió, esta es tan solo una de ellas...
"Sí, Abraham creyó y no dudó nunca; creyó lo absurdo. De haber dudado, habría obrado de manera diferente y realizado, a los ojos del mundo, algo grande y glorioso. Porque, ¿es acaso concebible que Abraham hubiera hecho alguna cosa que no fuese grande y magnífica? Por tanto, de haber dudado, se habría dirigido al monte Moria, partido la leña, encendido la pira y sacado el cuchillo. Y en ese mismo instante le habría gritado a Dios, antes de hundirse el cuchillo en su propio pecho: "¡No desprecies este sacrificio, Señor! Sé muy bien que no es el mejor de los bienes que poseo, pues, en realidad ¿qué es un viejo en comparación con el hijo de la promesa? Pero es lo mejor que puedo ofrecerte. ¡Haz, Señor, que Isaac no llegue nunca jamás a enterarse de esto y pueda consolarse con su juventud esplendida!"
En este caso Abraham sería la admiración del mjndo entero y su nombre tampoco se habría olvidado.

ÁNGEL DE CASTRO GUTIÉRREZ dijo...

Gracias, Mª Jesús, por aportar este escrito de Kierkegaard, que yo no conocía, me parece tremendo también, pero mejor opción que la que eligió el bueno de Abraham, desde luego.

El pastor de... dijo...

Jo…lines Ángel, ¿pero en que archivo te has encontrado esto? Yo creí que esto pertenecía a los tiempos en que yo era oveja en vez de pastor. Jamás habrá habido un sueño –de Abraham o del autor del texto- que haya tenido una repercusión tan universal. El angelito tuvo un sueño, se lo creyó a pies juntilla, nos lo transmitió y vaya tela los años que lleva dando que pensar a la gente.
No te crees mala sangre Mª Jesús, que sueños disparatados –como este y parecidos- los hemos tenido todos a lo largo de nuestra vida.
No sé si sería Abraham o quien tuvo el sueño, pero de lo que sí estoy seguro es que no fue pastor, porque si no sabría que los carneros no son tan BORREGOS como para dejar que se le enreden los cuernos en una zarza. Solo le ha faltado al autor decirnos que el carnero era mocho. (Palabra de pastor).

Rut dijo...

Buf!
¡Qué malos son los fanatismos y qué delagada la línea que separa la locura de la cordura!
Desde luego, da para reflexionar... y mucho.
Lo que nunca entenderé es por qué Isaac no echó a correr.

Ay madre.
Un abrazo
Rut