viernes, 3 de agosto de 2012

EL PADRE DUERO




Magnífico libro de viajes, este que acabo de leer con verdadero deleite, El camino del Duero, de Luis, J. González Platón, Editorial Ámbito, que posiblemente sea su primer libro, pero que no necesita más méritos ni más obras para demostrar que escribe maravillosamente bien, hombre culto, latinista, amante de los sanos placeres, profesor de Instituto, pianista, fotógrafo y vecino de Boecillo, al lado de Viana de Cega, mi residencia en  verano, por lo que que me haré el encontradizo con él, para pegar la hebra, como le gusta decir, sobre este libro y lo que se tercie, porque también, como a él, a uno le hubiera gustado haber tenido un montón de oficios más, pero ay, la vida es breve, amigo Luis.

 

Se agradece que sea fiel a la promesa de no escribir una guía turística al uso, y salvo en dos o tres ocasiones no se sube por las ramas de la erudición fría, dura y aburrida, sino que, abiertos en pleno los sentidos, nos va dando noticia de cuanto ve, oye, toca, huele y saborea por donde quiera que pasa y se adentra en cada una de las exquisitas pastelerías y hornos de buen hacer para darle gusto al goloso que lleva encima sin dejar ni un solo rincón, paisaje, calle o puente, ni iglesia románica de los que da fe y noticia. Y no digamos de las reflexiones en el camino río arriba hacia su origen, que como la vida misma anima al viajero a darle vueltas sobre el camino, el río que en este caso no va hacia el mar que sería el morir que nos dijera Jorge Manrique, sino hacia las mismas fuentes donde nace en los Picos de Urbión, muy cerca  de la Laguna Negra. Porque así lo decidió, a mí me parece que de forma original y nueva, hacer el camino del Duero desde Oporto, donde muere, hasta los Picos de Urbión, donde nace. Que por qué, pues vedlo:

 

“El caminante puede ponerse en plan poético para contestar que lo hace debido a que no quiere empezar con alegría de un nacimiento y llegar, en una tarde hermosa en la que el sol ya se hunde en el Atlántico, a Oporto en donde acabaría su viaje con las tristeza de tener que despedir al río, a su río. No, no le gustan las despedidas, y ha pensado que, despidiéndose justo en su nacimiento, va a ser más fácil decir adiós..., porque deja al Duero en pañales y con toda una vida por delante. Pero se equivoca: todo adiós a alguien ya sea persona o sea río, aun en un nacimiento, es algo triste y, como aquel viajero que, tras mucho rehuirla, se encontró con que la muerte lo esperaba en Samarcanda, así a él la tristeza de dejar su río lo esperaba también en los Picos de Urbión”.

 

Abusa el autor, de las palabras viajero, caminante o veredero, pero sobre todo de viajero, con la que te encuentras en todas las páginas y hasta seis o siete veces, en algunas, aunque quizá sea “peccata minuta”, como a él le gustaría decir.

 

Un largo viaje, ¿veinte o veinticinco días de agosto y septiembre?, pero rico en experiencias, como quería Kavafis, en su famoso poema, “verdadero vademécum que todo viajero debe llevar consigo en su corazón” escribe el autor, y al final, por encima de todo, feliz viaje, para él y para el lector, ameno, divertido, lleno de historias, que ya anuncia en el prólogo sin importar si son verdaderas o ficticias, porque juzga que “sería una grosería preguntarle si todo lo que cuenta es verdadero, al igual que preguntar la edad a las damas”.

 

Cita con frecuencia a Claudio Magris, autor del maravilloso Danubio, (“a quien tanto debe este humilde relato y a quien tanto le gustaría parecerse al caminante” escribe), a Julio Llamazares, cuantas veces son necesarias a Machado y son muchas, no en vano lleva en la mochila sus Poesías completas, a Claudio Rodríguez, a Luis de Camoens, a Miguel de Torga y a algunos otros.

 

Y buen pensador, como a lo largo de todo este recorrido nos ha demostrado ser el viajero, termina: “A partir de ahora, ya va siguiendo otro río: el de la vida, ese gran río que nos lleva”.

No hay comentarios: