domingo, 18 de octubre de 2009

MIRET MAGDALENA MUERE, A LOS 95 AÑOS, UN SABIO DE LUJO

“Veo mal a la Iglesia oficial, demasiado clericalizada y demasiado dictatorial. Somos muchos los guerrilleros cristianos que pacíficamente luchamos por que esa Iglesia oficial se convierta al evangelio”, afirmó recientemente.

Tuve el honor y la inmensa suerte de conocerlo y hacerle una larga entrevista, hace treinta y tantos años, para un libro que preparábamos mi amiga la periodista Marga Serrano y yo. Y no fue una entrevista al uso, porque nos regaló más de tres horas, hablando y profundizando en los más diversos temas con verdadero deleite, en los que se mostró como quien era y ha seguido siendo hasta el último minuto de su vida: un espíritu libre, independiente, inconformista, audaz, sabio, creyente a su manera (nunca al estilo de los viejos catecismos de los que llegó a tener alrededor de 1.500 ejemplares, una gran colección de catecismos de todo el mundo, ni de lo que enseña la Jerarquía Eclesiástica, siempre crítico y a la vez respetuoso), católico ortodoxo, conferenciante, teólogo seglar, escritor, de una inmensa curiosidad por todo lo humano, lo científico y todos sus alrededores, discípulo aventajado de todos los grandes pensadores y humanistas de todos los tiempos. Al cumplir los 90 años celebraron con él muchos amigos sus cumpleaños y se decía allí: “¿Por qué somos tantos los que queremos a Enrique?”. La respuesta no es nada difícil.
Y como el tema de la entrevista se centraba en torno a la secularización de los sacerdotes, el libro se titularía “La gran desbandada”, de entrada entró de lleno en el asunto que nos concernía:
“He vivido este problema un poco trágicamente. Yo he conocido desamparo psicológico, desamparo afectivo, desamparo económico. He conocido casos increíbles.
La primera reacción de la Iglesia fue ignorar este hecho como si no existiera.
Se puede augurar que la Iglesia como institución va a caer casi verticalmente. Al principio es cristianismo difícilmente se podía decir que era una religión nueva. Era más que nada una actitud ante la vida”.
Le preguntamos, al final, su opinión sobre la publicación de un libro sobre ese tema y nos contestó con la rapidez de quien está a tanto de todo lo que atañe al ser humano, que le parecía interesante, primero porque no se había publicado nada al respecto, y en segundo lugar, por la forma compleja de tratarlo a través de la cual van apareciendo problemas de fondo, porque en el fondo, nos dijo, todos los problemas cuando se profundizan tocan a todas las cosas”, y vaya si se tocan y más como este sabio humanista de nuestros tiempos lo hizo.
Comencé a conocerlo y tenerlo como maestro en sus artículos de Triunfo, Cuadernos para el Diálogo, de los que era asiduo y fiel lector, y lo mismo en los últimos años cuando se dedicó a escribir más libros que nunca, como si tuviera prisa por dejarnos, atado y bien atado su pensamiento, que en él siempre era ventana abierta para que el lector siga pensando por su propia cuenta, “por si de algo les sirve a mis lectores para mejorar sus vidas”: Sobre la felicidad, un nuevo modo de pensar y de vivir, o Cómo ser mayor sin hacerse viejo, La vuelta de los valores, Creer o no creer, hacia una sociedad laica, La vida merece la pena ser vivida, ¿Dónde estás Dios?, la religión del siglo XXI, que se vendían como rosquillas… y tenerlo a nuestra disposición, aquella mañana de otoño de 1976, uno de los momentos de mi biografía guardados como tesoro en el baúl de la memoria y de feliz y agradecido recuerdo. Mil gracias maestro, descansa en paz.

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