Y con este van ya, 24, quiero decir 24 Cuadernos, que voy publicando en Facebook con el visto bueno y complacencia de muchos de vosotros y muchas más de vosotras, mis entrañables seguidoras de a pie, pero con mano firme y palabra amiga.
Y me ha salido rápido el título para este Cuaderno, en cuanto vi, echando la vista atrás, que precisamente el Nº 22 de esta serie llevaba por título: “La vida huye”, haciendo hincapié el paso acelerado del tiempo, y más, cuantos más años tenemos.
Pues bien, como declaración de principios, la vida sigue para los que acaban de nacer, los que han cumplido 18 preciosos y esperanzadores años, como los que pasan las raya de los 80 y los 90 y más, porque a todos nos pueden quedar, aunque sean muchos años o pocos días, como insisto sin desmayo, momentos de lucidez, de esplendor y de gran satisfacción que es a lo que aspiramos todos con especial interés y pasión.
La vida sigue, y de sabios es cogerla como se coge el volante, o las bridas del caballo para llevarte allá donde has puesto la mirada y la estación límite lejana. “Siempre, siempre avanzando”, era el título, y es, del Cuaderno anterior, el 23, y pareciera que viene a ser lo mismo y la misma melodía, pero yo diría que con notas diferentes y matices que apuntalan la vida, que nos trae y nos lleva, que hacemos, sufrimos y disfrutamos, con polisemia de significados y variedad infinita de colores.
A estas alturas de la vida no voy a cambiar mucho, me repetiré, lo sé, quién es el majo que no repite el mismo formato y el contenido del cesto dos mil, cuando le salen los cestos como rosquillas, pero si ahondas verás como los cuadros de algunos impresionistas que repetían hasta la saciedad el mismo paisaje y cada paisaje llevaba en sí otro color y otros aires muy diferentes. Y para hablar, ¿de qué?, pues de lo divino, y bastante más acá, y de lo humano, y hasta algo más allá.
No me interesa ya tanto que la vida huya desenfrenada, como que sigue y sigue, tren que nunca para, potro salvaje que se desboca, y debo detenerla en los escondites más recónditos de la memoria y apurarla más y mejor, más intensidad y más disfrute de sus bondades, intentando que por nada del mundo deje de subirme en ella, como el primer día que vi la luz y lloré de espanto porque dejaba el vientre amoroso y cálido de mi madre o porque me asustaba el frío áspero y hosco del mundo en ocasiones que tenía por delante o cuando pasé enseguida a entusiasmarme por las cosas grandes y bellas que me estaban esperando a la puerta, como el sabio que espera impaciente nuevas ideas, el músico los sonidos más puros, el labrador la cosecha del siglo por rica y abundante.
La vida sigue... y sigue, y desde mi impaciencia sabida deberé estar al tanto para no despistarme y coger sus mejores frutos a tiempo y a destiempo. Te invito a ello igualmente. Será un placer verte en mi compañía. Comienzo este como cuando estrenaba cuaderno en la escuela o en el seminario de mi años jóvenes con la esperanza de que al comienzo de la primavera del 2026 haya llegado a las 200 o 300 páginas, por lo menos, para empezar con el 25 porque la vida, ya lo sabes, sigue... y sigue.
Nota no tan al margen, porque hablemos de lo que hablemos hay que levantar la voz contra el genocidio, que sufre el pueblo palestino, desde cualquier rincón de planeta. “Ahora sabemos que simplemente no hay nada que comer”. Y zse mueren de hambre.
https://youtu.be/kQj3Vd-5Rks?si=ImEFFX0cZF9-0t1G Lo que el árbol me dijo
Hermosa balada celta sobre el poder simbólico de la naturaleza

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