Rebelde, lo llama mi amigo Jose Antonio Fz. Trejo, en un pie de foto, y así es. “Qué sería de los niños sin la desobediencia” dijo alguien, y añado yo: y qué sería de nosotros sin desobedecer, más de una vez, aun al lucero del alma. Seguir la ruta marcada por lo demás puede devenir en lucidez y también en borreguismo, tú sabrás de lo tuyo, yo también, y no siempre estoy muy lúcido. Pero, desde luego, hay que tener coraje, y cierta dosis de rebeldía, para enmendar la plana al que está por encima de ti, o a la biología, o a la naturaleza entera para seguir otro cauce como al que se le marcó al río desde tiempo inmemorial, o a la costumbre, que siendo bárbara en miles de casos, se la quiere hacer comulgar con ruedas de molino y santificarla, por más cochambrosa y zafia que ella sea, o a ese árbol que se le quiso enderezado desde sus más tiernos brotes y tiró por otra calle más sinuosa, más torcida, menos lineal y estandarizada, por lo que uno no puede por menos de aplaudir por haber ejercido su libre albedrío, su derecho al voto, su deseo de disentir y en el fondo hacer de su capa un sayo, que es a lo que hemos venido a este mundo, esto es, ejercer la libertad para ser uno mismo, que como decía el filósofo: “la esencia de todo ser consiste en su esfuerzo de perseverar en su ser”, ser, no otro, ni a imagen y semejanza de nadie por muy perfecto que este sea, con sus luces y sus menos luces, reconociéndolas al completo, que ahí está la mayor de las dignidades y la mayor de las grandezas. Y libre como la pastora Marcela de nuestro gran Cervantes, ¡cómo se adelantó este hombre por encima de su tiempo!

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