Deberíamos ser buenos discípulos de Antonio Machado, pero no hay manera. Muchos pensamos escandalizados, porque no entendemos cómo puede ser que algunos sujetos teniendo en sus cuentas bancarias dos o tres millones de euros, que son más que suficientes para toda una vida dignísima, se afanen en ir engrosando ocho, cuarenta, doscientos, y muchos más, y no se les caiga la cara de vergüenza ante un mundo famélico, Gaza, sin ir más lejos, o todos los campos de refugiados del mundo, algunos países de Latino América y muchos de África, más todos los de aquí que no pueden ni soñar con tener un piso, no ya en propiedad, sino simplemente en alquiler.
Ligeros de equipaje: Me invitaron unos amigos a su casa y hablando-hablando de esto y de lo otro, salió la conversación de las cosas que tenemos en demasía, por ejemplo, los pares de zapatos que llegó a contabilizar mi buena amiga, 25 pares de alpargatas deportivas, que es lo que más usa, más algunos pares de zapatos que no tenía contabilizados, (alguien se reirá porque él o ella tienen más de 50) y que todos nuestros armarios están completamente saturados, de chaquetas, pantalones y trajes, camisas, jerséis, ropa de invierno e interior, etc. Cuenta, cuenta.
Yo mismo me asusté de tener más 30 camisas y camisetas, muchos pantalones, dos trajes que me he puesto en dos bodas y están esperado algún santo advenimiento..., aunque si hablamos de libros, me asusto más, sobrepasan los dos mil, con creces, por lo que he comenzado la labor de limpieza y de regalar y compartir, aligerar así las estanterías y mi alma, para lo cual voy llevando remesas al Centro Cívico del barrio. Bien pensado y razonado, ¿para qué quiero yo más de cien o doscientos libros, un suponer, para poder consultar o releer, estando al lado una hermosa Biblioteca Pública? Muchos clásicos no tendrían más, y ya ves dónde llegaron.
Y aquí me quedo leyendo y releyendo el final del poema famoso de Machado:
“...A mi trabajo acudo, con mi dinero pago
el traje que me cubre y la mansión que habito,
el pan que me alimenta y el lecho en donde yago.
Y cuando llegue el día del último viaje,
y esté al partir la nave que nunca ha de tornar,
me encontraréis a bordo ligero de equipaje,
casi desnudo, como los hijos de la mar”.
Nuestro poeta más querido la clavó, una vez más, ligeros de equipaje como los hijos de la mar. Sí, para qué más, para qué 25 pares de zapatillas, y otros muchos zapatos, un montón de ropa hasta reventar los armarios, 10, 500 y más millones de euros, 4 mansiones, 8 coches de alta gama, un barco en cada puerto, que quizá hasta alguno ose soñar...
¿No estamos locos, además de la indecencia en las venas y en el corazón que ello conlleva con la que les está cayendo a muchos de nuestra especie y sin embargo hermanos? ¿Dónde quedó el mensaje evangélico, la declaración universal de los derechos humanos, los principios esenciales del humanismo?
No hay más remedio que hacer un examen de conciencia o diez, aligerar la carga que llevamos encima y comenzar a repartir y compartir, dos de los verbos más bellos del léxico familiar y social.
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