sábado, 9 de noviembre de 2013

A LA SOMBRA DE LOS MEJORES XIII





“Tras el invierno, torpe y afligido,
florecí con la primavera”.
Raymond Carver
No es mal ritmo
vivir al compás de las estaciones,
dejándote llevar por el viento
siempre libre
y la nieve airosa,
la sombra de agosto
al sol que más calienta
y la caída de la tarde con el sol de membrillo.

Yo también nací en invierno
y, desde entonces,
como mi padre,
llevo el frío en las manos hasta en verano,
pero no importa,
porque la corriente de luz y de entusiasmo va por dentro
que es por donde van las cosas importantes
de la vida puesta al rojo vivo.

Y algo de primavera me dejaron mis ancestros
porque nada me complace más y tira de mi interior
que el nacer de un río,
el dulce balbuceo de un poema,
un proyecto recienoliendo a fresco
y la naturaleza
después del letargo, que nunca es muerte,
sino ebullición creadora y explosiva.

El verano, desde que mi padre me enseñó
a trillar,
a recoger la parva
y cantar alegre
cuando la cosecha venía a derecho y abundante,
quedó para siempre como celebración del trabajo
bien hecho
que alarga nuestra estatura.

Y con el otoño cómo olvidar
el tiempo de comenzar un curso
y otro curso 
y otro curso
y las vendimias
y el primer esplendor del sexo
con los lagarejos como excusa:
aún recuerdo la escena,
pecaminosamente tierna y placentera,
pasadas largas decenas de otoños.

Y  de nuevo el invierno,
que cierra o abre la rueda de la vida,
me trae,
desde siempre,
las mejores imágenes del fuego,
que me han perseguido con la misma insistencia e interpelación
que a los filósofos antiguos: el fuego
principio y fundamento, movimiento y cambio,
con la tierra, el agua  y el aire.

No, no es mal ritmo
vivir al compás de las estaciones.

Yo también,
tras el invierno, torpe y afligido,
florecí con la primavera
y continué dejándome llevar
al aire de los días y al hilo de las noches.


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