domingo, 8 de enero de 2012

LA TELEVISIÓN DE NUESTROS MALES

“La televisión es muy educativa: cada vez que alguien la pone me voy a otra habitación a leer un libro”. Groucho Marx

Nunca me acuerdo tanto de esta frase genial del genial Groucho Marx como en Nochevieja, y lamento no poderme ir todas esas noches a otra habitación a leer o hacer cualquier otra cosa, pero ya se sabe que no es el momento y resistimos los que no salimos de casa, hasta que nos echan, pronto, la verdad, a la cama, porque la paciencia tiene un límite y no aguanta tanta caspa, tanto tufo, tanta banalidad y sonrisas huecas, tanta canción ratoneril de siempre de más allá de los años, de más allá de los siglos. Hagan las excepciones que Vds. quieran, algunas hay, lógicamente, entre tanta morralla, porque vuelven los de siempre ¡qué castigo!, sale gente nueva igual-igual que la de siempre de meliflua y fofa, igual de vieja y nada original, pero eso sí, cae sobre ellos a diestro y siniestro tal cúmulo de piropos fatuos y tópicos manidos que no hay quien lo soporte, y qué digo, una mayoría aguanta y aguanta porque de masoquistas está la tierra llena.

¿Dónde los programadores con talento, dónde los presentadores con gracia y desparpajo, dónde los brillantes espectáculos, dónde los grandes artistas, dónde el fino humor, dónde el antivillancico fresco y original, dónde el baile-baile, no el baile pachanguero, dónde la canción, no la canción hortera, dónde el buen ballet…

Siempre igual, siempre lo mismo, siempre la misma matraca. No hay manera.

Parodiando a Groucho: la televisión entretiene mucho: en Nochevieja, por ejemplo, dan ganas de ir a cualquier sitio con tal de que no haya televisión. La última Nochevieja, hace solo unos días, una Cadena, la Cinco, claro, se atrevió con el no va más ¡abróchense los cinturones!, y sacó a escena a la inefable tonadillera y su inefable hijo Kiko Rivera de la mano del inefable Jorge Javier Vázquez, tres-inefables-tres, ¿quién da más?, con un diálogo pavoroso:

- Tú sabes que te quiero como a nada en el mundo
- Y yo también, mamá
- Y yo también, hijo
- Y también yo…

¡¡¡Guau, guau, guau!!!

Hala, que suenen las campanadas y que no se nos atraganten las uvas de la suerte que necesitaremos para este feliz 2012 de la mala uva y la mala suerte.

Nota: Dicho todo lo cual, un poco en descarga de lo dicho, anoche vimos Isabel y yo, de nuevo, la película “La vida de los otros”, en la tele, y como es tan fabulosa habrá que concluir con todo derecho: La televisión de nuestros bienes.

4 comentarios:

Gloria Rivas Muriel dijo...

Ay sí!! Recuerdo el espectáculo de la tonadillera y su retoño. Qué tensión.
Qué merengue de amor materno-filial!
Voy a recuperar un artículo que escribí hace mucho sobre la tele, en Reflejos...¿Puedo?
(Este blog tuyo me viene a mí bien para catarsis retroactivas..jeje)
Bussa.

ÁNGEL DE CASTRO GUTIÉRREZ dijo...

No hace falta ni llamar a la puerta, porque siempre está abierta y, además, sabes que es un placer... jiji. Esperamos esa perla.
Bussa

Angelus dijo...

Creo que no hace falta tomar como referente los espectáculos de Nochevieja para concluir sobre la televisión que es infame, aunque es cierto que en esa fecha se acentúa la vulgaridad y el mal gusto. Hay excepciones, desde luego, pero, en general, cabe decir sobre ella lo que nuestro paisano Jiménez Lozano:

- "G, con tres años y medio, dice de repente, alzando los ojos de un dibujo que está haciendo: "¡Apagad la televisión, que me hace daño a los ojos, y me duele la cabeza!". Si sigue así otros cuatro o cinco años más, quedará inmune de estupidez toda la vida.
Quizás en el descubrir a los pequeños el placer de apagar tal aparato está todo. Y sin quizás."

¡Feliz año!

El pastor de... dijo...

Posiblemente si se hubieran propuesto hacer una televisión para aburrir, habría sido menos cabreante que la que tenemos.

¿Sabes lo que recuerdo de la noche vieja? Pues esto: veinticinco a la mesa, los niños gritando, la abuela simulando enfado pero que no cabía de satisfacción, 25 platos con uvas (algunas hasta peladas) desapareciendo al ritmo de las campanadas, besos para todos y unos taponazos. Después tertulia, gritos de los niños y al poco rato "este cura" que se va a la cama. Lo demás es culpa vuestra, así que no os quejéis.

¡Pero quién os manda abrir el aparato ese! ¿Qué esperabais ver?

Jajajajajaja…y sigue.

Un abrazo.