sábado, 3 de noviembre de 2007

El buitre y la niña


La foto es ya historia y pasará como una de las estampas más prodigiosas, dolorosas y dramáticas.
Sobre un campo de rastrojos de una tierra árida y reseca y con olor a pólvora quemada, acurrucada, desnutrida y con la nariz pegada al polvo, una niña sudanesa, de no más de 2 ó 3 años, espera el feroz picotazo y las garras ardiendo sobre su piel desnuda de un buitre inmóvil, pero que la taladra con el ojo torvo y el pico afilado a dos metros escasos. El fotógrafo, Kevin Carter, un hombre joven, ha estado inmóvil también durante la eternidad de veinte infinitos minutos disparando su cámara y esperando la foto más atroz y conmovedora de la guerra de Sudán y el minuto único en el que el buitre extienda sus alas sobre la niña y la despedace como a una de sus carroñas preferidas. 20 minutos eternos con el ojo de la cámara sin pestañear. Una foto, a buen seguro, ganadora del Premio Pulitzer, que es el que el ya famoso fotógrafo de muertos y guerras ansiaba con pasión.
Pasados lo veinte minutos el hombre se fue harto de esperar el zarpazo de la bestia que no llegaba.
Pocos meses después obtendría efectivamente el Premio Pulitzer de 1994, que celebró con una formidable borrachera, y a los dos meses de recibir premio en Nueva York se suicidó.
Nunca sabremos por qué, si debido a que la guerra había terminado y no sabía ya disparar sin el ruido de los morteros y el olor a pólvora quemada y chamusquina o porque le persiguió, allá por donde quiera que fuera, una pregunta insolente y obligada: “¿por qué no ayudaste a la niña sudanesa?”. ¿No entraba en sus cálculos de artista consumado, sabio y genial? ¿No debe nunca mezclarse lo profesional con los sentimientos de bien y de buen hacer? ¿Es que en tiempos de guerra todo está permitido y para nada sirven los buenos sentimientos y las acciones imprescindibles y solidarias en tiempos de paz? La pregunta le fue taladrando, el premio ya no tenía ninguna importancia y significado alguno. Kevin Carter entró en el túnel profundo de la depresión y las drogas. No podía trabajar, llegaba tarde a las entrevistas, había perdido su gran adicción a la droga de la guerra que le ponía las pilas, ahora que no había guerra, perdía los rollos de las fotos que hacía, tenía problemas en casa de deudas y desamores…, la muerte de su mejor amigo, en un tiroteo, a los seis días de recibir el premio, le destruyó más lamentando que la bala no hubiera sido para él … y tal vez le perforara la pregunta que le perseguía por todas partes: ¿Por qué no ayudaste a la niña?
Y un día, sin ver ninguna salida a su vida, cogió el coche, se fue a la orilla del río, un lugar al que iba con frecuencia de niño, se puso a escuchar música mientras inhalaba monóxido de carbono por un tubo de goma hasta que murió.
Triste y trágica historia, pero le debemos, ay, a ese cronista gráfico de Sudáfrica, esta foto que nos hiere la mirada y penetra como ningún discurso en nuestras profundidades.

4 comentarios:

inés dijo...

tremenda imagen!! ¿porqué me parece que muchos actuamos de manera similar al fotógrafo?...nos quedamos mirando y nada más.

Anónimo dijo...

Yo me hago la misma pregunta que la amiga Inés.Pero aludiendo a uno de tus comentarios, cómo les decimos a esos niños que sonrían que el mundo sonríe con ellos.

Angel de Castro Gutiérrez dijo...

Tremanda pregunta, es cierto, pero se me ocurre que sólo dándoles de comer más algu na caricia, sonreirán y entonces, sólo entonces, el mundo podrá sonreir con ellos.

Gaudencio dijo...

Afortunadamente para él, el buitre que manejaba la cámara, pudo quitarse la vida. A partir del premio ¿podría volver a cerrar los ojos sin ver la oscura piel de la niña?