Está todo tan claro y explícito que casi no se necesitan palabras, tan potente es la viñeta. Pero se requieren algunas que doblen el sentido, enmarquen el cuadro y aporten más luz a la imagen de por sí ya luminosa. Ya sabes: la fuerza de la imagen - el valor de la palabra, dúo gozoso que me gusta repetir.
La naturaleza ha roto el paraguas porque a veces es cruel, instintiva, injusta, como cruel y llevado por el puro instinto el tigre o el león, al ver una gacela, no se pueden contener, eso es el instinto puro y duro, y se lanzan a por ella y les clavan sus feroces y afilados dientes en el cuello, su instinto, hasta que la asfixian, y ella, dando el último estirón de las patas, también por instinto, muere.
Si te fijas bien, porque las relaciones entre las clases son salvajes, crueles e injustas, el paraguas se ha roto, justo por el medio para que se vea a las claras la diferencia: de un lado el señor, que habla con sus dioses, en este caso, y del otro el mundo del hambre y la sequía, el pobre y menesteroso que sostiene el paraguas para que el señor no se moje mientras él se va empapando y muriéndose de frío a lo que está ya acostumbrado, mientras la lluvia destemplada y heladora cae de lo alto y su cuerpo está a la intemperie. No hay posibilidad de compartir. Uno lo tiene todo y no entiende lo de conjugar ese verbo. El otro, con la resignación amaestrada durante milenios, le mira sin saber por qué le está mirando y sosteniendo el paraguas. El señor, o señorito, bastante tiene con lo suyo: colocarse bien la corbata, los puños de la camisa, la conciencia de clase en su sitio, y no le da tiempo a mirar al otro, pues ya tiene bastante con mirar al ombligo del que esta perdidamente enamorado.
Dos mundos, dos realidades paralelas, que por mucho que se alarguen en el espacio y en el tiempo nunca llegarán a encontrarse, como aprendíamos de niños en la escuela.
Sigue lloviendo, uno está a buen recaudo bajo el paraguas, el otro, bien jodido y en la puta calle empapándose porque para él no hay paraguas, se ha roto y le ha tocado la peor parte, y por si fuera poco ha de sostener la parte buena para que no se moje el señor o señorito. ¿Humor negro? Como el traje y el paraguas del señor.
Nota no tan al margen: Hace un tiempo puse letra a la imagen de dos ancianos sentados en el banco de un parque, enfadados y distantes. Cada uno miraba en dirección contraria, pero todo ello no era óbice para que él pusiera el paraguas, llovía de forma abundante, totalmente para ella sin importarle mojarse. En el fondo aún se querían, y pienso que ella ante el gesto de él estaría pensando en condimentar el plato para la comida o la cena que más le gustaba, y hasta puede que con postre incluido. Hay diferencia entre una y otra ¿verdad?
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