miércoles, 15 de julio de 2026

PERDER LA CASA

 



Todos deberíamos pensar, en algún momento, qué sentiríamos si perdiéramos la casa como les ha sucedido a los palestinos de Gaza, a los venezolanos que les han visitado en mala hora los terremotos y los incendios a los habitantes de algunas poblaciones de Los Gallardos (Almería), y por elemental empatía acercarnos a sus sentimientos, lo que nos hace más humanos.
Es mucho la casa, raíz, fundamento y piedra angular sobre la que se va construyendo nuestro edificio más querido, nuestro yo más personal. Y si las raíces desaparecen como la base donde sostenerse frente a la intemperie y los vientos airados, vamos a la deriva.
Es lo que sintió la periodista y escritora turca, Ece Temelkuran cuando estuvo obligada a decir a su madre: “Mamá, no voy a volver a casa”, ante el creciente autoritarismo de Erdogán. Y lleva ya diez años andando de acá para allá “con las raíces expuestas al aire frío de lo ajeno”. Su hogar no era un lugar, estaba hecho de personas, de amigos y de palabras, decía, y es lo que le da el mayor valor, yo también veo que la casa-hogar es más que cueva, cobijo, piso, casa, favela, tienda, mansión, castillo, palacio.
Aunque lo que me ha resultado más fascinante de su pensamiento ha sido lo relacionado con los que se han visto en la necesidad de abandonar su casa, su país: “Creo que los refugiados, los inmigrantes, son las personas que portan esa sabiduría de sobrevivir con moralidad, con dignidad. Y también poseen la sabiduría de reconstruir un hogar desde cero. Y el hogar, como concepto filosófico y político, debe reconstruirse. Por eso creo que los refugiados, los inmigrantes, los exiliados... son los pioneros de la historia”.
Cambia el paradigma por completo, para que lo tengan en cuenta quienes llevan en sus venas la xenofobia y la intransigencia en el corazón con los extraños en un planeta que pertenece a todos puesto que el mayor don que es la dignidad y el mayor soporte, la igualdad, son consustanciales a todos los humanos por encima de ser de aquí o de allá, dentro de los muros del recinto o fuera de las murallas creadas y recreadas en odiosos momentos históricos.
Quizá sea uno de los mayores fracasos de la humanidad, que muchos millones se vean en la necesidad de abandonar su casa, su país, sus raíces, su lengua, la cercanía de los más suyos. Si nos ponemos en su piel, quizá empecemos a entenderlo, agradeciendo además la lección que nos dan, como dice la escritora turca, hacer nuestra su tragedia y desterrar esa lacra que lleva el nombre de xenofobia, esto es: fobia y rechazo al extraño, al extranjero, al inmigrante.
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