lunes, 17 de septiembre de 2012

HISTORIAS DE RATAS, GATOS Y GATERAS 12



              Foto de Gaudencio Busto

 “Cuando yo dejé de nadar calentito, me escribe mi amigo Gaude, y me asomé a este mundo “cruel” (1942) los gatos compartían esta habitación con las bestias de carga (burros). Los asnos, con una parte de su pienso, proporcionaban sustento a las ratas y calor a todos los moradores. Las ratas eran el menú diario de los gatos y el propietario de la mansión estaba feliz por haber tenido la idea de dotar a los gatos de una puerta principal. Es esta una gatera con solera”.
“Cuando yo dejé de nadar calentito”, ahí queda eso, diría yo, para calibrar la calidad literaria del escrito de  Gaudencio Busto, similar a ese verso espléndido de Juan Gelman en Carta a mi madre: ¿Estábamos bien, juntos así, yo en vos nadando a ciegas?
Cuando yo vine a este mundo, no tan cruel, porque la guerra había finalizado, (1939), en mi casa también había gatos que compartían cuadra con las mulas y el caballo de carga y carrera, y una parte del pienso era para las ratas, hasta que caían en la boca de los felinos, imagen que hacía felices a mis padres. Pero de lo que no puedo alardear es de tener gatera. No había gateras en las puertas de mi casa, no sé por qué, quizá porque el corral era muy grande y tenían más que suficiente para que los gatos tomaran el aire a discreción y si querían cambiar de pareja tenían los tejados cercanos para pasear amarraditos.
Hoy, miro estas gateras y admiro su altura, bien pequeña, que no deja de ser la medida de las pequeñas cosas que nos tocan más a fondo las fibras de algunas de las cuestiones esenciales del vivir, como admiro a los de arriba que miran a los de abajo con admiración y respeto y a los de abajo que no chupan el culo a los de arriba, o me asombro ante gestos diminutos y casi-casi insignificantes de no solo dar gracias a la vida sino al que te sirve el café de la mañana y de quien te mira a los ojos cuando te habla y te cede el paso con una sonrisa, y a cuantos se manifiestan, nos manifestamos, a pie de calle, porque esto ya no se soporta...

5 comentarios:

El pastor de... dijo...

Porque voy a extenderme más de lo aconsejable: perdón.
Verás Ángel: las gateras –agujero en la puerta o la ventana- eran como la puerta de servicio. Pero había gatos de alta alcurnia, a los que había que abrir la puerta principal de la casa, tanto para entrar, como para salir. El gato mayaba y, si estaba dentro, la madre decía: abre al gato que quiere salir. Pero si el minino venía de echar una cana al aire, entonces él, daba la voz desde la calle. Si te descuidabas, la madre decía: ¿es que no oyes al gato? Pues ábrele que entre. Esto, en el buen tiempo, quedaba solucionado con las puertas de dos hojas, en las que la puerta de arriba siempre permanecía abierta y el gato no necesitaba llamar.
Quizás este fue el motivo por el que en tu casa no hubiera gatera: vuestros gatos eran unos señores gatos y, como a todos los señores, había que facilitarles el paso.
Las gateras –agujero- eran propias de pajares, cuadras, corrales, graneros etc. Lo que no quiere decir que también había en algunas casas pero, normalmente, en las casas se trataba de eliminar todo agujero posible porque el frío…el frío ya entraba suficiente por las rendijas de las puertas que casi nunca ajustaban.
El gato, o los gatos, no podían faltar en ninguna casa. Los gatos, entonces, formaban parte de la familia. Hoy la familia… la familia es otra cosa. Dejémoslo aquí.
Y cuando queráis saber más sobre gatos rurales, preguntadle a cualquier pastor, que de ovejas no sabrá, pero de gateras…
Un abrazo que, ¡ya está bien!

Mª Jesús PRIETO dijo...

Hacía mucho tiempo que no recordaba las puertas de dos hojas.
Casi no quedan ¿verdad?
De muy niña, cuando iba con mi padre a cazar y pasábamos por algún pueblo buscando la fuente, las veía con la hoja superior entreabierta. Y me parecían la entrada a un mundo misterioro y apetecible...
Ahora que paseo por ellos con deleite, veo muy pocas. Y me traen gratos recuerdos de sensaciones y emociones infantiles.
Gracias Pastor... ;)

El pastor de... dijo...

Tienes razón Mª Jesús, las puertas de dos hojas van desapareciendo y con ellas todo lo que cobijaron. Solo algún nostálgico – no sé si alguno más de este que habla- es capaz de pedir que le hagan una puerta de dos hojas y puedo asegurarte que queda muy bonita. Cuántas historias entrañables tras las puertas de dos hojas. También cuánta miseria. Pero puedo asegurarte que al menos para este que nació tras la puerta de dos hojas un sentimiento le embarga al ver cómo van desapareciendo. Subidos, los niños, sobre ella, nos columpiábamos. Parapetados tras la hoja de abajo (la de arriba abierta) cantábamos… “que llueva, que llueva/ la virgen de la cueva/ los pajarillos cantan/ las nubes se levantan (…) y tantas y tantas canciones…en fin que mientras este “cura” aliente, al menos dos puertas de dos hojas seguirán luciendo esplendorosas.
Me alegra la estampa rural que aún conservas.

ÁNGEL DE CASTRO GUTIÉRREZ dijo...

De perdón, nada, amigo Pastor, es un gustazo que te explayes y de la manera habitual con la que lo haces, dígase lo mismo de nuestra amiga Mª Jesús, y del resto. Bien por recordarle a Mª Jesús la historia de las dos hojas de las puertas, lo viví de igual manera que tú y lo recuerdo como algo entrañable y ciertos aires de sana nostalgia. Ella, a cambio nos deleita con sus hallazgos filosóficos y, últimamente, poéticos, una asignatura que tenía pendiente y a la que se va acercando al sobresaliente.
Un fuerte abrazo, os lo habéis ganado.

Anónimo dijo...

pues ahora que leo, ahí va, desde Madrid hasta allá, una sonrisa de esas cotidianas que pueden alegrar un poco el día :)
beso gordo!