miércoles, 6 de mayo de 2015

EL CABALLO DE MI INFANCIA


Seguramente no era tan bello, porque la memoria y sus recuerdos distorsionan la realidad a favor del viento de cada cual, pero a mí me llega con esa misma majestuosidad y ese porte de aplomo y poderío.
Me viene a la memoria con mucha frecuencia y es capaz de hacerme recrear toda mi niñez, paraíso perdido y, con tanta prisa, ay, olvidado. El caballo, que no sé por qué no tenía nombre, hizo feliz pareja con las mulas, con nobleza, nervio y sin pavonearse nunca de ser caballo, no era su estilo; todos ellos siguen vivos en los corrales y prados de mi memoria con la imagen cálida de las aguas limpias de los ricos manantiales y el forraje en sus puestos, a comienzos del verano. Aún me llega el olor a heno fresco recién cortado.
Tras el caballo va aflorando toda mi infancia de sacristía, estraperlo... y juegos hasta el anochecer, que hacían más llevaderos aquellos duros años de posguerra.
Cuando lo compró mi padre por dieciocho duros, era el animal más canijo y endeble que pueda imaginarse, pero gracias a sus cuidados, esmerada limpieza y buen trato, saldría adelante, con una fuerza y temple que marcaría una época y un estilo de correr y de tirar del carro. ¡Se le quería tanto!
… llegó a viejo, al final tuvimos que sacrificarlo y, como era uno más de la familia, se le hizo el duelo obligado: hubo dolor en los mayores y llantos quejumbrosos en los pequeños. Pero el recuerdo es más fuerte que la muerte y aquel caballo sigue vivo en los rincones más mimados de la memoria, tanto cuando salía al campo, desbocado, para beberse los vientos, como cuando corría con él las cintas mi hermano o cazaba perdices mi padre.
Por todo lo cual, larga vida en mi memoria, hermano.

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